Por Alma Martínez (AMCERE)
Un buen amigo escritor y corrector lleva varios días intercambiando correos electrónicos con un cliente: él, como profesional, necesita dejar claras las tareas que va a desempeñar y, a su vez, su potencial cliente quiere asegurarse de contratar a la persona que va a tratar con respeto su manuscrito, sin dejar de lado la calidad.
Su anécdota hace que me pregunte: ¿En qué momento de nuestra preparación profesional aprendimos a crear presupuestos de nuestro trabajo? Quizá nos hablaron de cifras y aspectos por considerar, pero solo el ejercicio (y en especial como profesional independiente) nos pone en perspectiva la situación. Pensamos en el servicio de internet que pagamos, la luz, los programas de cómputo, la cantidad de tiempo (y dinero) que hemos dedicado a prepararnos, los años de experiencia… No se trata simplemente de dar una cifra de un momento a otro, tenemos que considerar todos los aspectos dentro y fuera del texto que se involucran (directamente o no) con la labor que hemos de realizar.
Buena parte del ejercicio de enviar un presupuesto es saber si esa persona requiere conocer a detalle cómo haremos el trabajo, pero también implica indagar un poco acerca de las circunstancias de existencia de ese texto: ¿esta persona quiere autopublicarse? ¿Va a entrar a un concurso? ¿Es una empresa fuera del ramo editorial, pero le preocupa la pulcritud de sus textos? ¿Es un estudiante que necesita presentar su tesis de grado? Hacer presupuestos requiere interesarnos por las circunstancias de ese cliente, así como saber qué es lo que necesita de nosotros.
Mientras escribo esta entrada, no sé si mi amigo resultará seleccionado, pero sí sé que dedicó buena cantidad de tiempo a explicar su metodología y a sugerir incluso un acercamiento distinto al texto, algo más parecido a la asesoría literaria. Lo que acarrea otra pregunta: ¿Ese tiempo dedicado a explicar y proponer cómo lo presupuestamos?
Cuanto más nos detenemos a pensar en presupuestos, más preguntas se apilan y las respuestas pocas veces son simples. Por ello, en AMCERE proponemos esta pequeña sección para reflexionar acerca de todas esas tareas que, nos guste o no, debemos enfrentar como profesionales de la corrección y que no están ligadas con corregir, en sentido estricto. ¿Cuál ha sido tu experiencia?
Ojalá sea esta la primera entrada de muchas otras en torno a lo que debemos hacer antes, al mismo tiempo o incluso después de sentarnos a trabajar.
* La corrección de este texto estuvo a cargo de Diana Isiordia y Erika García Díaz
