Por Alberto Schroth Prilika (Ascot Perú) 🇵🇪
Alguna vez intenté decirle «mejor no tantos anglicismos» a quien me había encargado revisar la carta de un restaurante. También quise no ponerle mayúscula a una institución política. Luego de una conciliación guiada por el libro de estilo, de curar mi aversión a las mayúsculas licenciosas, de descubrir que los préstamos lingüísticos van bien; después de dejar de ser un abanderado de la norma y empezar a entrar en el contexto, descubrí que quizá algunos de los momentos más dolorosos, incómodos y frustrantes que he vivido han sido tratando de corregir algo a alguien.
Han pasado años de esas situaciones; las recuerdo como aquellas en las que ese «apetito correctivo» me desbordó por alguna razón. ¿Qué ocurre si saltamos de cuidar la pulcritud y coherencia en las páginas a vigilar las costumbres? Muchos cortocircuitos. El apetito por cuidar las formas, el mejor orden posible, el ser coherente… puede volverse una gran excusa e incluso una sentencia antes que una orientación; genera bandos como los que corrigen y los corregidos, los que pueden escribir bien y los que no… Desde ese lugar podría hacerse más difícil tomar el lado más generoso de la corrección; el trabajo podría percibirse pesado (o insuficiente) y producirnos dolor o enfermedad.
¿Cómo podía salir de ese lugar y entrar en uno más sano? La salida que encontré fue la más esencial: regresar la mirada al contexto. Si mantenía la mirada en el contexto, rescataba el propósito del texto, las virtudes de sus autores, la valía de aquella criatura escrita. Había conseguido un mejor primer plano y lo correctivo ocupaba el segundo lugar, mis anhelos quedaban fuera. El orden podría entrar a la medida y abrirse camino. Recuerdo haber recibido con el mismo entusiasmo como si fuera a conocer a MacGyver en persona, el encargo de revisar una revista de ingeniería. Sentía que estaba hecha por seres muy creativos y había nacido para aportar algo a alguien.
Cuando yo mismo o alguien más me lee y así me ayuda a escucharme, a ordenar y desprenderme de lo que ya no va más en mis textos, lo tomo como si recibiera o me diera un masaje. Cuando hago lo mismo para otros, me agradecen mucho; no hay apetito correctivo. Pero, de regreso a él, ¿cómo puede alguien ser tan especial y tan tremendo? Descubrí que un lado mío apuntaba al orden a toda costa y el otro solo quería —amorosamente, por supuesto— que las cosas funcionaran mejor.
Comprendí que el rol que me tocaba cumplir era una medalla y al mismo tiempo una oportunidad: debía asumirme como un corrector que no corrige con base en sus anhelos (ni un poco); que más bien revisa, encauza o ayuda a ordenar desde la comprensión.
Iba madurando al mismo tiempo que descubría la meditación y el rol de terapeuta. Empezaba a percibir cómo el cambio de enfoque iba haciendo su magia. Me di cuenta de que tenía consultantes humanos y animales que estaban inmersos en su contexto y buscaban su armonía; atendía también a criaturas de texto que llegaban a mí para lo mismo y contaban con un contexto, además de un autor y un propósito. Eran iguales.
Dejar esa tensión fue muy liberador. Y tenía una labor grande con ello, pues, además de corrector, me asumía vegano; es decir, doble apetito correctivo. De repente me descubrí hablando de cómo me alimentaba sin usar la palabra que me separaba, y cocinaba para mis gatos agradeciéndoles a los hermanos pollo y pez. Con la llegada de Paz (hija humana) me saltaron todas las alertas: ella debía recibir a través de su madre «eso que es lo mejor» como alimento. Ella vino a probar el mundo y en nuestro oasis verde ahora hay huevos (y a veces pez), gracias al aporte de Karen.
La clave en todo esto fue comprender y encontrar el intermedio antes que volcar mis formas en las situaciones. Pienso que, cuando encontramos ese apetito resuelto, podemos ser agentes de soluciones y armonía sin tanto esfuerzo. Nuestro oficio demanda un voto sagrado de confianza, respeto y hasta de intimidad con el autor, con su creación.
