Hace poco tuve que ir al banco a gestionar un trámite para el que se requería actualizar mis datos personales. La ejecutiva me preguntó: nombre, apellidos, dirección, profesión…
—Correctora de textos —le respondí orgullosa.
La mujer escribió algo en su pantalla, frunció el ceño y, tras unos minutos de titubeo, empezó a navegar por un interminable menú desplegable. Diez minutos después, seguía buscando. Quince minutos. Me miró con gesto de derrota y me dijo, casi suplicando:
—Licenciada: no encuentro «correctora». ¿Le puedo poner corredora?
No pude evitar reír.
–Bueno —le dije—, también me puede poner cirujana.
La anécdota podría parecer menor, aunque revela algo profundo: la corrección de textos sigue siendo un oficio desconocido, incluso para instituciones que clasifican hasta al «catador de agua». Seguimos fuera del mapa laboral formal, y no porque seamos pocos o poco importantes, sino porque el lenguaje, paradójicamente, no siempre sabe nombrar a quienes lo cuidamos.
En la cadena de producción editorial, el corrector suele ser el último eslabón y el menos visible. Su trabajo es el que garantiza que el texto final —ese que llega al lector, al cliente o al ciudadano— cumpla su función comunicativa con claridad, coherencia y precisión. Sin embargo, todavía hay quienes creen que corregir es «poner tildes» o «cazar erratas». Qué lejos están de comprender que detrás de una buena corrección hay un acto de interpretación lingüística, una lectura crítica y una comprensión profunda del texto en su contexto.
Porque un buen corrector no se limita a detectar errores: los interpreta. Un error no siempre es una falta ortográfica; puede ser una ambigüedad, una incongruencia o una palabra que, aun siendo gramaticalmente correcta, rompe el tono o el registro. El corrector analiza el discurso desde lo semántico, lo sintáctico y lo pragmático. Su mirada abarca lo visible y lo implícito.
En este sentido, la corrección no es un proceso mecánico, sino una actividad intelectual de alto nivel. Exige dominar las normas, pero también saber cuándo apartarse de ellas para respetar el estilo del autor. El equilibrio entre la norma y la voz es la esencia de nuestra labor.
El corrector no impone; orienta. No borra la voz del autor; la afina. La mejor corrección no se nota, pero se siente. Un texto bien corregido fluye, se entiende y convence. La corrección es un ejercicio de empatía lingüística: entender al autor, respetarlo y ayudarlo a decir mejor lo que quiso decir.
Por eso, la corrección es una forma de mediación entre el pensamiento y la palabra. Entre quien escribe y quien lee.
Cada corrección es también una oportunidad para hacer docencia. No se trata solo de marcar en rojo, sino de explicar por qué. De invitar al autor a reflexionar sobre el uso del lenguaje. Esa pedagogía silenciosa construye una cultura de escritura más consciente y respetuosa del lector.
Y aquí surge un desafío contemporáneo: la irrupción de la inteligencia artificial. Muchos creen que los correctores seremos reemplazados por algoritmos. Lo cierto es que las máquinas aprenden reglas, aunque no entienden intenciones. No distinguen ironías, contextos culturales ni matices estilísticos. La inteligencia artificial puede sugerir una coma, pero no puede decidir si esa coma cambia el sentido o el alma del texto.
La corrección de textos es, todavía hoy, una profesión poco comprendida y mal representada en las clasificaciones laborales. No obstante, sin ella, ningún texto sería realmente público, porque la corrección es lo que permite que la palabra privada del autor se vuelva social, legible y compartida.
Hacer visible nuestro trabajo implica seguir hablando de él, explicar su alcance y enseñar su necesidad. En cada revisión, en cada informe lingüístico, en cada palabra que cuidamos, afirmamos algo esencial: el lenguaje importa.
En un mundo que se acelera y simplifica, el corrector resiste con su lápiz —o su cursor—, recordando que escribir bien sigue siendo un acto de respeto y civilización.
Por eso, para este Día de la Corrección, la invitación es clara: hagamos docencia. Hablemos de lo que hacemos. Expliquemos por qué un texto bien corregido no es un lujo, sino una forma de respeto. Mostremos que corregir no es censurar ni cambiar el estilo, sino construir palabras con sentido, enhebrarlas con delicadeza y rigor.
Y si alguien, en una ventanilla, vuelve a confundirnos con corredores…, bueno, que al menos sepan que sí: corremos, pero detrás de las palabras bien escritas.
Para celebrar el Día Internacional de la Corrección 2025 en UniCo decidimos contar con una ponencia de Julio G. Montañés, un historiador especializado en iconografía y folklore medieval que ha estudiado durante años una figura con la que las personas que se dedicamos a la corrección de textos estamos familiarizadas: Tutivillus, el demonio de las erratas, una entidad que con su maléfico influjo provocaba erratas en los amanuenses y posteriormente en los impresores desde el Renacimiento hasta ahora. ¿Qué hay de verdad en todo esto? ¿Este mito se remonta a la Baja Edad Media? Eso es lo que Julio ha tratado de desentrañar durante años de estudio e investigación y lo que nos cuenta a lo largo de una hora y pico de ponencia, que compartimos con vosotros.
Por resumiros un poco todo este asunto, esa figurilla demoníaca que desde el medievo viene apareciendo tallada en madera en las sillas de los coros de los monasterios o en piedra en sus fachadas, pintado en frescos y óleos, adornando letras capitulares de libros, ha ido adoptando con el tiempo distintas funciones, casi tantas como variaciones de su nombre: Tutivillus, Titivillus, Tinivillus, etc.
Al principio se le representaba con un saco a la espalda, luego con un cestillo de mimbre o un simple atado de libros al hombro donde atesora los pecados de los mortales, y también con herramientas de escriba espiando a los humanos y tomando nota de sus pecados o de sus inapropiados chismorreos en lugares de culto. En ocasiones, y de ahí surge el problema, se le ha confundido con representaciones medievales de demonios jerárquicamente superiores que se dedicaron a impedir que san Juan, por ejemplo, escribiera el libro del Apocalipsis vaciándole el tintero o robándole el cálamo. Pero ese demonio no estaba provocando erratas en los escritos y además no era Tutivillus.
No fue sino hasta el siglo XIX que empiezan a surgir lo que se conoce como demonios de la imprenta en el ámbito anglosajón, los printer devils. Anatole France recogerá esta idea del demonio que provocaba erratas (y que tanto trabajo amablemente nos ha ido proporcionando a los que nos dedicamos a la corrección) de diccionarios y obras de consulta publicadas a partir de 1865 en Francia.
En otras palabras: no, en el medievo no existía esa idea de un demonio que provocara erratas. Es una convención que se inicia a finales del siglo XIX y se difunde a principios del XX. ¿Eso le quita a nuestro querido Tutivillus su sobrenombre de demonio de las erratas? En absoluto. Solo hay que conocer su historia un poquito mejor y reconocer cuándo se forja esta leyenda de las artes gráficas.
Absorbente, bombilla, calimete, cañita, carrizo, pitillo, popote, sorbete, sorbeto, sorbito o pipeta: un mismo objeto, nombrado de formas distintas en más de veinte países, para referirse a la conocida «pajita» de plástico.
El sorbete es un artículo tan peculiar como cotidiano: de niños lo usamos para beber sin miedo a derramar el contenido del vaso; de adultos, suele llegar como un detalle decorativo en un cóctel. Hay quienes lo prefieren por razones higiénicas al beber de una lata o —en el caso de los más escrupulosos— cuando deben compartir un vaso. Para los más traviesos, puede convertirse en un improvisado proyectil, y para los más creativos, en piezas que se unen para fabricar una versión extralarga.
Su historia, curiosamente, se remonta al 3100 a. C., cuando sumerios y babilonios la empleaban para beber cerveza y filtrar el líquido de la cebada. En aquellos tiempos se fabricaba con materiales como oro, plata, cañas de centeno o paja. Muchos siglos después, en 1888, Marvin Stone, empresario dedicado a la fabricación de cilindros de papel para cigarrillos, patentó la pajilla moderna al encontrar una manera de combinar su producción con su gusto por el Mint julep —una bebida helada con hojas de menta—. Tiempo después, se desarrolló la versión flexible, pensada para facilitar la ingesta de líquidos a los pacientes hospitalizados: la célebre «pajilla acordeón».
A pesar de su popularidad, este utensilio no recibe el mismo nombre en todos los países de habla hispana. Motivo por el cual, si se quiere pedir uno sin confusiones, conviene conocer las distintas formas de denominarlo según el lugar.
Por ejemplo, en México se dice popote, que viene del náhuatl (una macrolengua uto-azteca) en el que popotl significa ‘paja’. En Ecuador, se lo conoce como sorbete[1], y en la zona costera, como pajilla. En Paraguay (donde están prohibidas las de plástico)y en España, se llama pajita. Sorbete o pajita se utiliza en Argentina y Uruguay, mientras que en Bolivia se llama bombilla. Pero en Puerto Rico decidieron cambiarle el género y se refieren a este como sorbeto. En cambio, en Perú utilizan sorbete y cañita, término que también se utiliza en Colombia y Venezuela, donde además lo llaman pitillo, como en Costa Rica. En este país, además se acostumbra a emplear pajilla.
En Cuba, por otro lado, fueron más prácticos a la hora de darle nombre, y lo llamaron absorbente. Los panameños no tanto, para ellos es carrizo. Lo mismo con los dominicanos, que tan particularmente lo llamaron calimete.
En Honduras, se le dice pajilla, una forma local de nombrar este objeto que, aunque similar a pajita, tiene un uso propio y extendido en el país. El término forma parte del léxico cotidiano y refleja cómo el español se adapta y toma matices particulares en cada región.
A fin de cuentas, el diccionario latinoamericano ofrece variedad hasta para los elementos que, a pesar de su rica historia, nos parecen de lo más comunes y cotidianos.
En la actualidad, el uso de este objeto implica un reto medioambiental: los sorbetes de plástico generan un grave impacto (tardan 500 años en descomponerse), por lo que han surgido alternativas reutilizables, como los de acero inoxidable o vidrio, o biodegradables, como las de bambú o azúcar. La historia de este pequeño objeto aún sigue escribiéndose.
I. 1. m. Cu. Tubo delgado de unos 20 cm, hecho de diversos materiales, usado para sorber líquidos.
bombilla.
I. 1. f. Ec, Bo, Ch, Py, Ar, Ur. Pequeño utensilio en forma de tubo a través del cual se sorbe la infusión de mate u otra y que actúa como filtro impidiendo el paso de la yerba.
2.Pe, Bo, Ch. Tubo delgado, generalmente de plástico, que sirve para sorber líquidos.
calimete.
I. 1. m. RD. Paja para sorber líquidos.
carrizo.
II. 4. Pa. meton. Pajilla para sorber líquidos.
sorbete.
I. 1. m. Ec, Pe, Ar, Ur. Pajilla para sorber líquidos, especialmente refrescos. (sorbeto).
[1] La creatividad con este delgado, hueco y útil instrumento es interesante. Algún momento, en cierto restaurante de Quito pedimos una limonada con jengibre. En minutos, el mesero nos trae un vaso de cristal con el jugo solicitado y un detalle único: el sorbete, hecho de fibra de coco, ha sido sumergido en azúcar y una rejilla delgada de jengibre se le ha adjuntado, en forma de un mínimo corbatín. Este acaramelado aditamento se deslíe suavemente, conforme el líquido disminuye en su envase. ¡Es realmente una delicia!
Desde la Asociación Uruguaya de Correctores de Estilo (AUCE) y el Área de Estudios Editoriales (AEE) de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Udelar celebramos que se haya oficializado, a raíz de una consulta que realizamos de forma conjunta, la incorporación del trabajo de los correctores de estilo dentro del sistema de metadatos ISBN en América Latina.
La inclusión del rol reconoce nuestra práctica profesional, históricamente arraigada en el mundo editorial —que se remonta, como mínimo, al siglo XV con la figura del castigatore—, así como también el trabajo sostenido y riguroso de la comunidad de correctores en Uruguay y en la región.
Concretamente, se ha incorporado en el sistema de solicitud de ISBN el código B02 («Revisado por»), que habilita a identificar explícitamente a quienes realizan tareas de corrección ortotipográfica, gramatical o de estilo como colaboradores en el proceso de edición de una obra. Se suma también el código B20 («Editor consultor»), que permite visibilizar otras formas de intervención editorial.
Este paso otorga visibilidad a un oficio clave en la circulación del conocimiento y la calidad editorial. Ayuda, además, a que el sistema editorial internacional reconozca la necesidad de contar con estos profesionales de la mediación textual, capaces de analizar la lógica interna de un texto, preservar su intención comunicativa y afinar su expresión según el contexto y los destinatarios.
Para el AEE y AUCE, que venimos trabajando desde hace años en la profesionalización del sector, este logro, aunque parezca pequeño, refuerza la importancia de la formación universitaria, la investigación en prácticas editoriales y la colaboración gremial.
Esto no se podría haber logrado, además, sin la participación de la Lic. Milagros Puentes, jefa del Centro Nacional de Documentación y encargada de la Agencia Nacional de ISBN (Uruguay), y de María Isabel Deaza, profesional de la Dirección Técnica de Ecosistema Editorial – Programa ISBN, de CERLALC (Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe).
María Isabel Deaza señala que esta medida da un paso más en alinear los sistemas nacionales de ISBN con los estándares internacionales de ONIX for Books.
Queremos proponer este avance como una invitación a incidir en las decisiones más allá de nuestra esfera inmediata, a seguir fortaleciendo el vínculo entre universidad, gremios profesionales y agencias estatales, para que las políticas del libro reflejen la complejidad y diversidad del trabajo editorial contemporáneo.
Comisión Directiva de la Asociación Uruguaya de Correctores de Estilo Comisión Directiva del Área de Estudios Editoriales, FHCE, Udelar Agosto de 2025
La Red de Asociaciones de Correctores de Textos en Español (RedACTE) fue recientemente incorporada a la Red Panhispánica de Lenguaje Claro y Accesible, coordinada por la Real Academia Española. La noticia, que celebramos con entusiasmo, no es solo un reconocimiento institucional. Es, sobre todo, una señal de que el trabajo de quienes corregimos textos sigue siendo necesario en un mundo que exige cada vez más claridad, responsabilidad y cuidado en la comunicación.
Quienes formamos parte de esta profesión sabemos que el rol del corrector no se limita a pulir formas. Somos, ante todo, lectores atentos. Detectamos ambigüedades, anticipamos malentendidos, cuestionamos formulaciones opacas y pensamos siempre en el destinatario. Trabajamos para que el texto no se interponga entre quien escribe y quien lee, sino que los conecte.
El lenguaje claro no es una moda ni un eslogan. Es un compromiso ético con la comprensión, la inclusión y el acceso a la información. Y ahí es donde los correctores tenemos mucho para aportar. No solo porque manejamos herramientas técnicas, sino porque entendemos los textos como sistemas vivos: anclados en un contexto, orientados a un propósito y dirigidos a personas concretas, con saberes, experiencias y necesidades distintas.
La incorporación de la RedACTE a la Red Panhispánica de Lenguaje Claro y Accesible es una gran oportunidad para que nuestra voz como colectivo profesional tenga mayor alcance. También para seguir construyendo vínculos con quienes trabajan desde otros espacios —jurídicos, administrativos, educativos, sanitarios— por una comunicación más transparente y cercana.
Desde ya, este nuevo paso nos invita a renovar la convicción que da sentido a nuestro trabajo: todo texto puede ser más claro. Y todo lector tiene derecho a comprender.
Originalmente, en la época prehispánica, el locro se hacía con ingredientes típicos andinos (calabaza o zapallo, papa, maíz, porotos). Luego, con la llegada de los españoles a América, se sumaron ingredientes como carne vacuna o porcina (fresca o seca), ciertas vísceras y algunos embutidos. Se consume en la zona de la cordillera de los Andes, desde Argentina y Chile, hasta Ecuador, pasando por Perú y Bolivia.
Etimología e historia de la palabra
El quechua prehispánico era una lengua trivocálica (a, i, u), con un sistema consonántico muy diferente al actual. Estos rasgos perviven en muchas variedades. Según la región, la oscilación entre /l/ y /r/ es también grande.
Entonces, lo que tenemos es, en todos los casos que se citan a continuación, una grafía trivocálica,
donde o > u
oscilación l > r
neutralización q > k (esto se da en el kichwa ecuatoriano y en las castellanizaciones, por carecer el español del fonema /q/). El santiagueño tampoco dice loqro, sino lokro.
En el quechua cusqueño, según el diccionario de Julio Calvo Pérez, es luqru; en el cochabambino, lojru; en el santiagueño, lokro.
Según el diccionario etimológico de Chile, locro proviene del quechua rocro: ‘potaje preparado con maíz, carne, zapallo, papas, ají y otros ingredientes’.
m. Pa, Co:SO, Pe, Bo, Ch, Py, Ar, Ur. Guiso preparado con carne, papas, maíz o calabaza, ají y otros ingredientes. (lojro).
a. ǁ
~ de papas. m. Ec. Plato de consistencia acuosa y espesa que se prepara con papas, queso, leche y, a menudo, con hojas de nabos o acelga; se acompaña con tajadas de aguacate.
b. ǁ
~ de uña. m. Ec. Plato de consistencia acuosa y espesa que se prepara con papas tan pequeñas que se pelan con las uñas, cocidas en leche y queso, y se acompaña con tajadas de aguacate, lechuga y chochos.
c. ǁ
~ falso. m. Ch. Locro hecho sin carne.
Variedades según los diferentes países
Argentina: es un plato típico de la fiesta patria del 25 de mayo, también conocido como locro criollo, a base de maíz, porotos, carne de cerdo, carne de vaca, chorizo, chorizo colorado, cebolla blanca, papa, calabaza y zanahoria. Las legumbres se dejan en remojo un día antes. Se acompaña con una salsa picante a base de cebolla, ají molido y pimentón. Hay otras variedades como el locro con mondongo, el locro vegetariano, el locro con trigo, el locro del noroeste (con mandioca), el locro de Neuquén (con arvejas en lugar de maíz).
Belice: no forma parte del léxico gastronómico beliceño; el guiso espeso equivalente es el hudut, plato garífuna de pescado y coco con plátano.
Bolivia: tiene características y variantes por región e incluso por departamento, donde se adapta a los ingredientes y a las tradiciones locales. Se dice que el más conocido es el que se prepara en Semana Santa, sin carne; sin embargo, en el oriente del país, es una comida del día a día, espesa, contundente, cuyo origen está en las carreteras y donde en general va acompañado de yuca hervida. Ellocro de zapallo es popular en la región andina; contiene, además de zapallo, papas partidas, choclo cortado en rodajas, trozos de queso, arvejas (no siempre), cebolla, ajo y otros condimentos. Ellocro carreteroes originario de la región oriental (Santa Cruz, Beni y Pando); lleva charque de res, arroz, plátano verde, cebolla morada, orégano y otros condimentos. Otras variantes propias del oriente boliviano son ellocro de gallina criollay ellocro de semilla; este último se prepara con maíz pelado molido.
Brasil: no generó un locro autóctono; el guiso llegó con las corrientes migratorias rioplatenses y paraguayas que cruzan la frontera oeste. El núcleo de consumo visible está en Mato Grosso do Sul (Pantanal), donde se habla de locro paraguaio —maíz canjica, feijão-branco, costela ou osso de pescoço— heredado de vizinhos do Paraguai. (instams.com.br). Su presencia está circunscrita a la franja de frontera (Pantanal) y a circuitos gastronómicos cosmopolitas. El brasileño medio reconoce el plato como importado, como herencia culinaria de países vecinos y no como elemento propio del patrimonio gastronómico brasileño.
Caribe hispano: no se encuentra el locro como tal; su homófono locrio se confunde con locro, pero se trata de un plato a base de un arroz criollo dominicano, apartado del léxico-cultural. (asale.org)
Chile: el locro chileno existe, pero bajo dos caras distintas: el guiso andino heredado de la matriz quechua y el locro de trigo mapuche. Ambos comparten el nombre y la lógica de «guiso espeso y reconfortante», pero divergen en cereal, técnica y simbología cultural. Así, el caso chileno ilustra cómo una voz panandina se reelabora y sobrevive en territorios con historias y ecosistemas distintos, enriqueciendo el mapa léxico-gastronómico de América del Sur.
Colombia: en la región de Nariño, el locro se prepara con papas, queso, leche y se acompaña con hogao, un sofrito espeso y fragante, cocinado a fuego lento con tomate y cebolla larga (junca) como base aromática; se enriquece con ajo, achiote, cilantro y comino, según la región. (mycolombianrecipes.com)
Costa Rica: el país pertenece al espacio sin tradición locrera, porque está fuera del corredor quechua-aimara de donde proviene el término.
Cuba: aparece en Cuba solo como extranjerismo en ferias gastronómicas sudamericanas, cartas de restaurantes argentinos para expatriados y artículos de divulgación que describen el plato como ajeno. No ha generado variantes léxicas ni adaptaciones autóctonas. En esta región geográfica, no existe tradición locrera.
Ecuador: es una sopa espesa y nutritiva; la papa es la que le proporciona el sabor único. Existen variantes que incorporan otros ingredientes. Algunas incluyen carne de res o de chancho y hasta sangre cuajada. Esta última tiene el nombre específico de yahuarlocro. El locro de papa, en particular, es un plato ancestral de pueblos andinos. Cada región ecuatoriana le agrega ingredientes locales. De acuerdo a las provincias encontramos al norte, en Carchi: locro chagrero (locro de papas con mellocos); en Cañar, locro de papas con coles; en Imbabura, locro con berros, nabos y cuero; en Pichincha, locro de papas con cuero (de chancho reventado), con acelga o con queso.
El Salvador: el locro no pertenece al acervo gastronómico ni al habla popular salvadoreños. El país también está fuera del corredor quechua-aimara donde nació el término.
España:si bien no es un plato típico español, aparece en la oferta gastronómica de algunos restaurantes o en eventos culturales con influencia latinoamericana, en especial andina.
Guatemala: como otros países centroamericanos, tampoco tiene tradición locrera.
Guyanas: el término tiene presencia solo turística: la palabra aparece en festivales sudamericanos, cartas temáticas o blogs de cocina, pero no en la mesa cotidiana. Las Guyanas se desarrollaron en cruces anglo-neerlandés-criollos (Guyana) y franco-creole (Guayana Francesa); integran la franja sin tradición locrera.
Haití: este país se formó en un cruce franco-creole, sin contacto directo con el léxico del eje quechua-aimara andino de donde es originario el vocablo locro.
Honduras: la matriz culinaria maya-lenca y caribeña privilegió el maíz en tortillas, tamales y bebidas (atoles), no en guisos espesos con zapallo. Honduras no integra el dominio léxico ni cultural del locro, por lo que es un territorio sin tradición locrera. Esta comida es ocasional, nunca un plato propio ni una voz del habla catracha.
Jamaica: el país se desarrolló en un cruce anglo-afro-taíno, sin contacto con la franja quechua-aimara de los Andes, por tanto, no tampoco tiene tradición locrera.
México y Centroamérica: la voz no figura en repertorios locales; platos homólogos llevan otros nombres (p. ej., ajiaco, caldo de papa). (asale.org)
Nicaragua: al estar fuera de la influencia quechua-aimara, es una zona sin tradición locrera. El término, a veces por error, se confunde con la flor loroco, que es un ingrediente de las pupusas.
Panamá: la palabra locro solo se usa en Panamá en restaurantes o blogs que reproducen recetas argentinas o ecuatorianas; no es un plato propio: el plato típico es el lócoro, un guiso afro-colonense elaborado con viandas. Aunque el parecido fonético salta a la vista, los rasgos decisivos (coco, bacalao, pilón) de esta comida la acercanmás al fufúcaribeño que al locro andino. Lócoro no figura ni en el DLE ni en el Diccionario de americanismos; la única voz emparentada que registran las academias es locro, restringida a la franja andina.
Paraguay: el locrillo o locro paraguayo se conforma de maíz desgranado, carne vacuna o porcina y abundante queso paraguayo. (tiktok.com)
Perú: se consume, con sus variantes, en la costa, la sierra y la selva, en toda época del año. Casi cada región o localidad tiene su propia variante de este plato. En Arequipa se prepara locro de pecho, locro con pancita, locro con choncholí. En Lima el más característico es el locro de zapallo. En Huánuco, se destaca el locro de gallina. Otras variedades son el locro de mariscos y el locro de camarones.
Puerto Rico: el país evolucionó en un cruce taíno-hispano-africano con fuerte impronta caribeña, no andina; de ahí que el locro no es parte de su gastronomía.
República Dominicana: la receta del locrio dominicano, un plato hermano del original andino, lleva arroz salteado con pollo, cerdo o pescado y sofrito especiado. (asale.org)
Surinam: pertenece al bloque sin tradición locrera. El lugar funcional del guiso espeso y festivo lo ocupan pom y bruine bonen, platos que conviene citar como equivalentes calóricos, aclarando que son léxicamente distintos.
Uruguay: esta variedad rioplatense se diferencia en que se prepara a base de garbanzos y porotos en lugar de maíz blanco, e incluye chorizo colorado, panceta, mondongo y pata de chancho.
Venezuela: no hay locro vernáculo en Venezuela; el término carece de registro académico y popular. La cocina andina venezolana tiene platos propios semejantes: pisca andina, mute, caldo de trigo. Para efectos lexicográficos, Venezuela queda fuera del dominio geográfico del locro; esta comida mantiene únicamente una presencia esporádica por influencia externa.
Más allá de la palabra
Como señalamos al inicio, en época prehispánica el locro combinaba cultivos andinos (calabaza, papa, maíz, porotos). Tras la conquista se añadieron carnes vacuna y porcina, vísceras y embutidos. Hoy es un guiso identitario de la cordillera de los Andes, servido denso y humeante en celebraciones patrias, en clima frío o en las carreteras. (es.wikipedia.org)
Este panorama confirma que no puede hablarse de un uso panamericano; el término es marcadamente andino, con islotes léxicos creados por migración, influencia cultural o afinidad fonética.
La palabra ilustra la múltiple circulación léxica de América: viaja con los pueblos, se asienta en la olla y, a veces, sobrevive solo si la rescatamos a tiempo.
Preparado sobre todo en fiestas patrias argentinas y en la cotidianeidad del resto de la zona andina; base de maíz, zapallo, papa y carnes. (es.wikipedia.org)
Colombia (suroccidente, Nariño)
Tradicional andino-colombiano (locro nariñense o pastuso)
Resto de Mesoamérica (México, Centroamérica), Caribe insular, Venezuela, Belice, Guyanas
Sin presencia léxica autóctona; el término aparece solo en recetarios extranjeros o blogueros que reproducen versiones andinas. Diccionarios nacionales no lo consignan y la ASALE no atribuye el vocablo a estas áreas. (asale.org)
Precisiones lexicográficas
Ámbito nuclear: Andes sur-centrales (Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador, Perú) + corredores adyacentes (Paraguay, parte de Colombia y Uruguay).
Extensión periférica: Panamá (variante afro-colonense) y Paraguay (formas locrillo, locreada).
Ausencia léxica: Mesoamérica, la mayoría del Caribe y Venezuela; allí el término aparece solo por difusión culinaria reciente.
Familia léxica ampliada: locrio (República Dominicana), lócoro (Panamá), locrera (Argentina), locreada, locrillo (Paraguay), derivados que muestran vitalidad y adaptaciones semánticas.
Relevancia cultural: el locro refleja la síntesis andina-ibérica y la capacidad de un nombre prehispánico para enraizarse, expandirse y mutar, según migraciones y contactos culinarios.
* Comisión de Lexicografía-RedACTE: Fernando Alviar (Colombia), Claudia Dorado Sánchez (Bolivia), Fabiola Díaz (Ecuador), Tania Fernández (Panamá), Diana Gamarnik (Argentina), Dilia Martínez (Honduras), Gildo Valero (Perú). Agradecemos la colaboración de Gabriel Torem. Julio, 2025.
A ver, es cierto que no construimos puentes o no seremos los primeros a quienes llamen cuando alguien sufre algún malestar de salud para que le socorramos. Sin embargo, si no hay de otra, yo podría explicar el análisis que se debe hacer de las fuerzas que actúan sobre un puente considerando las cargas permanentes y las cargas variables, o, en último caso, aplicar un vendaje en ocho para inmovilizar una articulación sin que se limite su movimiento funcional. ¿Por qué? Porque probablemente lo leí en una tesis o en algún artículo especializado, ya que, como filóloga, decidí especializarme en la corrección de estilo.
Antes de contarles un secreto que callamos algunas personas profesionales en Filología, arranco con una historia personal.
Cuando estaba en la universidad, en mis primeros cursos de metodologías de investigación, preparé un borrador de lo que podría haber sido mi proyecto de tesis, con aquella esperanza de darle continuidad desde el día uno y llevarlo a buen término, tal vez, como una investigación final para terminar mi maestría. Un profesor me indicó que le gustaría ser uno de mis lectores; así que, muy emocionada, vi que había potencial en mi propuesta y, sobre todo, en mí como estudiante, ya que siempre busqué hacerlo de la mejor forma.
Desde mi práctica y conocimiento hasta ese momento, empleé citas de varios autores para definir mi marco teórico de investigación; sin embargo, en una sección, cometí el error de no citar correctamente. Aquello que puse como una paráfrasis hubiera sido adecuado colocarlo como una cita directa, porque no hice bien el ejercicio de formular con otras palabras lo dicho por un autor.
Una vez entregado el documento para revisión, el profesor me llamó a su oficina y lo primero que me dijo fue, palabras más, palabras menos: “¿Usted qué cree que está haciendo con este texto? Este es un claro ejemplo de plagio, no es posible que utilice las citas de esta forma y no sé si creyó que yo no lo iba a notar. Yo así no quiero trabajar, ya no quiero ser su lector. Si no cambia el tema, no continúo más”.
Desde el primer momento en que recibí ese mensaje, me cuestioné muchas cosas, pero lo primero fue la labor de un verdadero tutor de estos procesos. Se suponía que yo estaba aprendiendo, que me estaba formando, y su labor era guiar mi investigación, señalar mi error, pero seguido de una corrección adecuada. No debía decirme que estaba haciendo plagio, debía enseñarme por qué y cómo no volver a hacerlo. Lejos de dirigirme, me sancionó sin ningún reparo. Le dije al profesor que yo nunca hice tal redacción con el afán de plagiar, que lo hice así porque pensé que era la forma correcta. Nunca, en mis años de estudiante, pasé por un caso de estos y no veía razón en lo que decía, yo no era una persona que no investigara, simplemente cometí un error en un proceso de aprendizaje, corrección y mejora.
Le dije que todo estaba bien, que dejáramos las cosas así y que no fuera más mi lector, que no cambiaría mi tema porque era mi tema y lo defendía contra todo. Creo que eso fue lo que más le dolió en el fondo; durante mucho meses, seguí intentando presentar mi documento para análisis de la comisión que revisa los proyectos finales. Mientras él estuvo en ese espacio, mis propuestas no avanzaron. No avanzaron y no avancé tampoco; hasta el día de hoy no tengo mi título de maestría porque no tengo una tesis concluida. Antes me pesaba más, hoy lo tomo con calma; me digo a veces “casa de herrero, cuchillo de palo”. Yo que reviso tantas tesis, no tengo la mía finalizada. Nada que no se pueda corregir, eso lo sé, pero el proceso fue tan desgastante que en un momento dije: “Hasta aquí llego, seguir es luchar contra corriente”. Y me cansé.
Ahora sí. A lo que vine.
¿Para qué creen ustedes que son los profesores guías, tutores o consejeros de proyectos finales de graduación?
Hace unos días me enfrenté a una revisión de un documento en que la persona que evaluaba la tarea sancionó sin reparo a las personas estudiantes y les dijo que había un claro ejemplo de plagio al tener citas mal confeccionadas. Reviví mi situación pasada y lo único que esperé fue que estas personas no se desilusionaran, que no creyeran que se convertían en malas estudiantes o que estaban haciendo “todo mal”.
Al revisar la información, noté que nunca hubo “un claro ejemplo de plagio”. En cambio, sí había un claro ejemplo de la intención por hacerlo bien. Las citas contenían elementos importantes, pero carecían de otros; estaban incompletas y eso se podía solucionar mediante una atención adecuada, enseñándoles cómo corregirlo.
No había un claro ejemplo de plagio. Había una evidencia rotunda de la poca capacidad que tienen muchos profesores y profesoras para hacer eso por lo que están ahí: guiar, corregir el error, ser maestros y permitir que un estudiante aprenda y mejore. Había un claro ejemplo de arrogancia, de poca empatía. Olvidaron que una vez estuvieron en esa silla y que llegaron a donde ahora están gracias a personas que les enseñaron a dar lo mejor y no les castigaron sin antes comprender que estaban en momento de crecimiento.
Como una vez dije, parece que solo revisamos textos, pero en esto encontramos no solo fallos en redacción, puntuación y ortografía. Encontramos fallos humanos y, lamentablemente, poca consideración ante ellos. Encontramos personas, clientas, que pasan momentos complejos porque no hay un seguimiento adecuado de sus personas tutoras. Esta parte es bastante triste.
Tras la revisión y corrección del documento, además de una explicación detallada a las estudiantes acerca de dónde había estado su error, entregué el trabajo por el que había sido contratada y esperamos. Digo que esperamos, porque, aunque no seguí el proceso de cuándo enviaron la información, a diario pensaba en el desenlace de esta historia. Semanas después, sentada frente a la computadora, mi teléfono notificó un mensaje nuevo. Al abrirlo, leí: “Buenos días, Alejandra, quería agradecerle por toda su ayuda, ya el profe nos aprobó el curso”.
Más allá de las múltiples áreas en las que podemos llegar a ejercer nuestra profesión, más allá de revisar un texto, las personas profesionales en Filología* hacemos una gran labor humana, una en la que también ayudamos a que otros cumplan sus sueños.
*En Costa Rica, normalmente, las personas egresadas de Filología (española o clásica) se dedican a las labores de edición y corrección de textos.
Alejandra Valverde Alfaro es filóloga, correctora y poeta costarricense.
Puede sonar reiterativo, pero vale la pena insistir: la ortografía del cargo del papa vuelve a la conversación cada vez que la chimenea de San Pedro expulsa su humo blanco. Quienes hemos sido testigos de cuatro pontífices consecutivos —Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y, desde hace apenas unos días, León XIV— compartimos un privilegio generacional poco frecuente. El relevo pontificio no solo mueve conciencias religiosas: también reactiva consultas lingüísticas sobre si debemos escribir papa, Papa o incluso PAPA.
Entre las dudas, la más común es si es con nombre propio: ¿es papa Francisco o Papa Francisco?, o sin nombre propio: ¿es el papa viaja… o el Papa viaja…?
La Ortografía de la lengua española (RAE, 2010) zanja la cuestión: los nombres de cargos, dignidades y títulos se consideran sustantivos comunes y se escriben con minúscula inicial, salvo que encabecen oración. Por ello, lo correcto es escribir:
«El papa Francisco dio la bendición urbi et orbi». «Apenas elegido, el papa León XIV saludó a los fieles».
Cuando el título sustituye al nombre propio —El Papa recibió a la delegación— la mayúscula es opcional como deferencia, nunca obligatoria. La FundéuRAE recomienda optar por la minúscula en textos informativos para mantener la uniformidad y evitar la mayúscula reverencial.
Hace poco circuló por WhatsApp la supuesta explicación de que debe escribirse PAPA porque sería la sigla de Petri Apostoli Potestatem Accipiens («quien recibe la potestad del apóstol Pedro»). El argumento falla por partida doble, ya que históricamente, ningún documento latino antiguo respalda semejante acrónimo. La voz papa procede del griego πάππας (páp‑pas), ‘padre’, adoptada en el latín tardío y aplicada primero a obispos en general.
Y, por otro lado, lingüísticamente, aun si fuera un acrónimo, los acrónimos asentados se tratan como nombres comunes y se escriben en minúscula: como por ejemplo, láser, sida, radar.
En consecuencia, la grafía PAPA no se sostiene ni por la etimología ni por la norma. Y ya que hablamos de la norma, cabe el recorderis de que un pontífice que inaugura un nombre no lleva “I” hasta que exista un segundo. Por eso hablamos de papa Francisco y no de Francisco I. En León XIV el número romano es obligatorio porque le preceden catorce papas homónimos.
Escribir correctamente el cargo del papa exige un equilibrio entre tradición y norma. La tradición puede invitar a la mayúscula de respeto, pero la norma —respaldada por la RAE y la FundéuRAE— impone la minúscula. Adoptarla no resta dignidad al pontífice; añade precisión y coherencia al texto. Así, ya hablemos del papa Francisco o del papa León XIV, honramos tanto la historia como la gramática y contribuimos a la claridad que RedACTE promueve.
Recomendaciones para redactores y correctores
Use papa en minúscula; reserve la mayúscula para el nombre propio.
Mantenga la minúscula en derivados: papado, bula papal, historiografía papal.
Evite duplicar mayúsculas (Papa León XIV) salvo política editorial expresa.
Prescinda de siglas inexistentes; cite fuentes académicas (RAE, FundéuRAE, Diccionario panhispánico de dudas).
Compruebe la numeración de nombres pontificales.
Ajuste los tratamientos honoríficos (su santidad, santo padre) a minúscula.
Recuerde que la cortedad no quita respeto: el papa basta.
Actualice manuales de estilo para eliminar mayúsculas reverenciales heredadas.
Aclare en glosas o notas cuando se mantenga la mayúscula por razones protocolarias.
Fomente la coherencia: la ortografía es también cortesía hacia el lector.
Puntos esenciales de la norma
papa no es nombre propio; se escribe en minúscula.
Se mantiene en minúscula incluso antepuesto al nombre pontifical (papa León XIV).
Sinónimos como sumo pontífice, santo padre, romano pontífice también van en minúscula.
Derivados (papado, curia papal) conservan la minúscula.
La mayúscula de cortesía (el Papa) es admisible, pero prescindible.
«La corrección no es solo un afán de detalle: es el primer gesto de respeto lingüístico hacia quien nos lee».
El último fin de semana de abril se realizaron en Montevideo las Primeras Jornadas Regionales de Corrección organizadas por el Área de Estudios Editoriales de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República y la Asociación Uruguaya de Correctores de Estilo. En el transcurso de esos dos días entre comidas y cafeses compartimos ponencias, mesas de discusión y talleres.
Cuando recibimos la invitación de Felipe Correa para coorganizar este evento soñamos con tener unos cien participantes, aunque pensábamos que, con suerte, llegaríamos a los cincuenta. Sin embargo, solicitamos apoyos a instituciones públicas y privadas estimando doscientos participantes (para que pensaran que sería un evento «importante»). Nunca, ni en nuestros sueños más locos, imaginamos que contaríamos con más de cuatrocientos participantes entre invitados, docentes, egresados y alumnos —incluidas ponencias y conferencias presenciales y virtuales desde el exterior—, doscientos de los cuales recibirán certificados por haber participado en más de una actividad.
Todo ese esfuerzo y dedicación se consolidó en un evento que nos llena de orgullo. Como nos llena de orgullo que Sofía Rodríguez, Nuria Gómez Belart y Valeria Colella aceptaran la invitación para venir a Montevideo, participar en esta aventura y, de paso, brindar talleres de formación profesional.
Como nos llenan de orgullo los apoyos, los auspicios y las donaciones de instituciones, empresas y organizaciones; como nos llena de orgullo pensar que estas no serán las primeras y últimas Jornadas de Corrección y que otros, dentro o fuera del país, tomarán la posta y las seguirán organizando… y nosotros asistiremos con la alegría de haber dejado una huella en nuestra carrera, nuestra Universidad y nuestra organización.
Ahora, un párrafo un tanto más personal. Nada hubiera sido posible sin el entusiasmo, la insistencia, la dedicación y el esfuerzo de Felipe Correa Buroni que se puso el proyecto al hombro y, con su persistencia, nos entusiasmó y nos convenció de que podíamos llevarlo adelante. También quiero reconocer a los que destinaron horas de trabajar, de idear, de compartir, de preguntar y contestar, de redactar, de diseñar y de realizar mil actividades más (preparar el café, controlar las asistencias, armar las carpetas, comprar los vasitos, etcétera, etcétera).
Un grupo de entusiastas nos juntamos en el 2009 para pensar en lo que podríamos hacer para revalorar el oficio de la corrección. Pensábamos que éramos los únicos en el mundo, que nadie más tenía problemas para cobrar; ni siquiera sabíamos definir bien en qué consistía nuestro trabajo, pero queríamos hacerlo visible, que cobrara importancia: deseábamos dejar de ser los seres solitarios que aparecían descritos en algunos libros.
Así empezó todo. En el 2000 comencé a dictar talleres de redacción en una universidad limeña. Para entonces yo era correctora en el diario decano de mi país, El Comercio, donde publicaba un blog llamado Ideas y Palabras; me daba tiempo para sobrellevar la carga laboral y, además, pararesponder las decenas de comentarios de mis lectores.
Una compañera de trabajo —visionaria— me convenció de dictar clases de redacción. Yo era correctora y llegué a la docencia, mi otra pasión, sin darme cuenta. Dudé mucho al principio. Pensaba que ese primer curso no iba a tener acogida, pero me equivoqué: llegó mucha gente a conocer lo que tenía preparado la entonces bloguera que hablaba del lenguaje escrito cada semana en el diario de mayor circulación del país.
Un año después ya estaba preparando el que iba a ser el primer taller de corrección que se dictaría en el Perú. No solo fue el primero, sino el que ayudó a visibilizar de alguna manera la corrección y donde se gestó la Ascot Perú. Lo dicté por ocho años y gracias a él conocí a infinidad de comunicadores, docentes, y a correctoras y correctores; y de ser maestra y estudiantes, cuatro pasamos a ser amigos.
Cierre del Primer Encuentro Nacional de Correctores de Textos del Perú, febrero 2011. Con Antonio Martín (España) y María del Pilar Cobo (Ecuador).
Una tarde, los cuatro amigos tomamos café. Y el café se repitió una vez y otra, hasta que surgió la idea de contactar con más entusiastas como nosotros —para dejar de ser cuatro gatos— y crear una asociación de correctores.
Mi hoy amigo Antonio Martín era entonces presidente de la Unión de Correctores. Le escribí para pedirle consejo, para saber por dónde empezar. Me respondió ese mismo día. Su apoyo y aliento hasta hoy no tienen precio.Antonio Martín es el promotor del asociacionismo y es quien ideó formar una alianza de asociaciones de correctores, la actual RedACTE.
Con las cosas claras ya, convocamos a muchas personas. Varias no respondieron, otras lo hicieron rápidamente. Llegamos a ser once. Cada uno aportó cien soles para juntar fondos; con ese dinero comenzamos; buscamos un nombre; nos registramos como persona jurídica; y la resolución se aprobó el 23 de abril de 2010. ¡Qué día más lindo para nacer!
Ese mismo año celebramos nuestro primer Día de la Corrección en la sala del Instituto Porras Barrenechea (UNMSM). Esa noche llegaron más correctoras y correctores, ya no éramos 11. Esa noche pensamos en organizar el primer encuentro nacional y lo hicimos en febrero de 2011. Antonio Martín llegó pagando sus pasajes Lima-Madrid-Lima para abrir ese evento académico que reunió a más de 200 personas; decenas se quedaron afuera porque el aforo de la Casa de la Literatura no permitía un alma más. Fue mágico sentir que no estábamos solos.
Han pasado 15 años desde ese 23 de abril. En ese camino, vivimos alegrías y penas, como la pérdida de nuestra socia fundadora Úrsula Velezmoro; sumamos más de una centena de socios; congresos internacionales, talleres, cursos y el único diplomado universitario en corrección del Perú. Tenemos una red de amigas y amigos en el mundo, formamos parte de la RedACTE; somos profesionales y vivimos de la corrección con orgullo.
La asociación fundada por once entusiastas es hoy un referente de la corrección no solo en el país, sino en el mundo. ¡Felices 15 años, querida Ascot Perú!