Quitarse la venda de los ojos

Por Fernando Valdés 🇪🇸

No es raro que, alguna vez, entre los miembros de la Unión de Correctores (UniCo), alguien lance la pregunta «Me ofrecen hacer esta corrección, ¿cuánto debería pedir por ella?» y otra persona tiene que responder: «No podemos hablarte de tarifas por este correo», ni en la web, ni… en ningún sitio más o menos público.

Como se expone en el artículo publicado en Vasos Comunicantes, la revista de ACE Traductores, hace tiempo, en abril de 2014, la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) de España (un organismo independiente encargado de «preservar, garantizar y promover el correcto funcionamiento, la transparencia y la existencia de una sana y efectiva competencia, así como de regular cualquier sector y mercado en beneficio de los consumidores») abrió un expediente sancionador a la Unión de Correctores. Dicho expediente supuso para nuestra asociación una multa de 2500 euros por infringir la ley de competencia tras publicar una «recomendación colectiva de tarifas mínimas» en nuestra web.

Con dicho expediente se confirmaba que el mercado, como siempre, se regulariza solo y no hay que ponerle ningún freno, como expresara aquel exministro de Economía en su comparecencia ante la comisión de investigación: «¡Eso es el mercado, amigo!». Y no hemos sido los únicos ni los últimos de entre las asociaciones de correctores, traductores y editores independientes que nos hemos visto sancionados y obligados a no hacer ningún tipo de recomendaciones ni en público ni tan siquiera en una lista interna de correo.

Otro día hablamos de qué tiene de beneficioso para el consumidor que nos paguen una miseria a quienes producimos cultura, porque, si me pagas una tarifa mísera, es probable que no pueda ofrecerte un trabajo decente, y en este caso el lector acabe recibiendo una mercancía defectuosa. ¿O es que para la CNMC el consumidor es quien nos paga esa tarifa miserable, el editor, y no quien abona el precio del producto, el lector?

Una posible solución

Hace nueve meses las compañeras de ACE Traductores Chiara Giordano (que ha estado pendiente siempre de organizarlo todo y resolver cualquier tipo de problema al que nos enfrentásemos) y Julia Osuna (verdadera madre nutricia del proyecto, que lo ha ideado, diseñado y mimado con cariño y paciencia) nos propusieron participar en un proyecto formando parte de él por la vertiente de corrección y edición. Se trataba de LA TARIFADORA.

El objetivo de La Tarifadora es concienciar a los trabajadores autónomos que se ocupan de realizar las tres labores que contempla (traducción, edición y corrección), como si de los tres monos sabios se trataran: no querer o no poder (más bien) hablar de las tarifas, no querer ni contemplarlas o no oír hablar de ellas es algo que tenemos que desterrar de la ecuación en la medida de nuestras posibilidades. También sirve, por supuesto, para compartirla con quien nos pretende abonar una determinada tarifa, para que pueda reconocerse en el reflejo de una más que posible explotación laboral.

La herramienta solo necesita saber cuál es tu tarifa por cada 2100 matrices y cuánto logras producir después de una jornada laboral. No entra en matices de tipos de corrección, edición o traducción, descansos, gastos fijos, etc. (Esos asuntos ya fueron atendidos en la encuesta previa que realizamos para otro proyecto y se han incluido en La Tarifadora haciendo una media de ellos. Desde luego, es un tema más que puede incluirse en la encuesta para afinar mejor los resultados.)

Con esos datos no entra en valorar si una tarifa es buena o mala, o más o menos recomendable que otra, sino que simplemente establece un salario bruto mensual y lo compara con el que percibe por término medio un técnico editorial y el salario mínimo interprofesional en España. La reflexión sobre la idoneidad o no de una determinada tarifa queda siempre en el ámbito de nuestra reflexión personal. Quitémonos la venda de los ojos.

¿Cómo lo hicimos?

Lo primero fue realizar una encuesta que contestaron los miembros de nuestras asociaciones y que animamos a compartir con otros profesionales independientes del sector que no estuvieran dentro de estas.

Las preguntas incluidas en dicha encuesta abordaban el tipo de trabajo profesional que se realiza, las matrices que corrigen, editan o traducen cada día en una jornada de ocho horas, los días al mes que se dedican a asuntos burocráticos y de gestión y los gastos anuales que se tienen.

Con los resultados obtenidos, se gestó la web, donde cada persona elije entre las tres labores independientes y contesta a las siguientes preguntas:

«¿Cuántos caracteres traduces/corriges/editas al día de media?» y «¿qué tarifa tienes por X caracteres?».

Y la respuesta te sorprenderá: seguramente tu salario sea un tanto por ciento menos que el de un técnico editorial en España según convenio.

Os animamos a hacer vuestra propia Tarifadora

Esperamos que este ejemplo sea útil para los profesionales independientes de la edición de otros países. Que nos permita quitarnos la venda de los ojos y ver si nos están pagando adecuadamente el trabajo que hacemos y que es imprescindible para el correcto funcionamiento del sector del libro y de la cultura en general.

Capibara

Comisión de Lexicografía-RedACTE*

Un roedor, el más grande de todos, habita en gran parte de América del Sur. Nos referimos, por supuesto, al Hydrochoerus hydrochaeris o, para emplear su nombre más popular en los últimos tiempos, capibara. Este singular animal, característico no solo por la uniformidad de su color pardo o la forma cuadrangular de su cabeza, sino —y sobre todo— por lo amabilísimo de su temperamento, se ha ganado la simpatía de humanos y también de otros animales. Es común verlo en estado silvestre paciendo en los llanos amazónicos o, en zonas más urbanizadas, disfrutando de relajantes baños en piletas argentinas.

Recibe nombres de distinto tipo y no parece inmutarse: es carpincho en Argentina, Uruguay y Paraguay; capibara (o capivara, si se escribe en portugués) en los países andinos (Bolivia, Ecuador), salvo en Perú, donde es ronsoco; piropiro o chigüire en Venezuela; chigüiro en Colombia, donde alterna con ponche, que se convierte en poncho en Panamá; en las Guyanas se registran watras, cabiai y kapoewa. Pero ciertamente parece indiscutible la prevalencia y mayor extensión de capibara, acaso por influencia de una canción, cuyo estribillo de ritmo pegadizo no hace sino repetir esta voz hasta el paroxismo.

El origen del término es guaraní: capi ‘hierba’ y uara ‘comedor’, es decir, ‘el devorador de hierba’. Y no podría ser más transparente porque, como es de todos sabido, este pacífico roedor es exclusivamente herbívoro. El segundo componente del étimo nos da algunas luces sobre su transmisión, ya que ciertas grafías con las que se ha registrado sugieren una introducción oral: capigua, capiguara, capihuara, capiwara, en las que se destaca el eterno dilema de la alternancia gu-hu-w, mientras que otras necesitan una incorporación escrita: capivara, capibara (no hay que olvidar, sin embargo, que en algún punto de la historia del español el doblete gráfico v-b representó el sonido [u]).

Aunque su habitual temperamento calmo y la publicidad que recibe en redes nos sugerirían que es un animal exento de peligros, lo cierto es que ha sido objeto de consumo en distintas áreas; de ahí los términos carpinchero para designar a sus cazadores o carpinchada para las jornadas en las que se los caza. Huyen de ese destino sumergiéndose en los ríos, pues son grandes nadadores, así protegen su carne, su grasa y su piel, por los que son buscados. Quizá de ese hecho deriva la expresión argentina “como carpincho que ve a un felpudo”, metáfora de un desconcierto o susto superlativo.

Cualquier influencer, suerte decronista de nuestro tiempo, podría dar fe de la fascinación de estos roedores por el agua, pero Bernabé Cobo, jesuita español, se adelantó unos cuatrocientos años. Así lo refiere en su Historia del Nuevo Mundo (1653): “Toda aquella tierra está cubierta de […] capibaras, que son como puercos de agua, que solo los hay en aquellas partes de las Indias, siempre andan en el agua”.

Dicen que en un estanque, entre juncos y alhelíes, un capibara duerme en medio del agua quieta. Todos quieren mirar sus pestañas entreabiertas.  No nos regresa a ver con sus ojos color miel. Es que se llama carpincho y otros lo llaman chigüiro. Unos y otros se equivocan y ahora está escondido. “Quiero llamarme ronsoco”, canta triste y pedigüeño.

FDíazG (2025)

Otras referencias

Posteo de comentario en X

Posteo informativo de X

Artículo de La Nación – ¿Cuál es la diferencia entre el carpincho y el capibara?

Redactor: Gildo Valero

Comisión de Lexicografía-RedACTE: Fernando Alviar (Colombia), Claudia Dorado (Bolivia), Fabiola Díaz (Ecuador), Tania Fernández (Panamá), Diana Gamarnik (Argentina), Dilia Martínez (Honduras), Gildo Valero (Perú)

La norma lingüística en Argentina y la importancia de preservar sus diferencias

Por Valeria Colella 🇦🇷

La lengua es un organismo vivo que cambia con el tiempo y se adapta a los usos y costumbres de sus hablantes. La norma lingüística desempeña un papel fundamental al establecer criterios que orientan la escritura y el habla dentro de una comunidad. Sin embargo, en los países hispanohablantes, conviven dos niveles normativos: la norma panhispánica, promovida por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, y las normas locales que reflejan los usos lingüísticos propios de cada nación.

En Argentina, la norma lingüística presenta particularidades que han sido objeto de debate y estudio, especialmente en lo que respecta al uso de las mayúsculas y minúsculas. El próximo #EncuentroPLECA titulado Las mayúsculas y las minúsculas en la lengua española. La norma panhispánica y la norma argentina será un espacio para reflexionar y aprender sobre este tema.

La convivencia de normas: panhispánica y local

El uso de mayúsculas y minúsculas puede parecer una cuestión menor dentro del vasto campo de la ortografía, pero, en realidad, es un reflejo de cómo una comunidad concibe su identidad lingüística. Cada país de habla hispana adapta estas reglas a su contexto local. En Argentina, por ejemplo, ciertos usos que podrían considerarse incorrectos desde una perspectiva panhispánica son, en realidad, parte de una tradición arraigada en el código escrito vernáculo.

La norma panhispánica busca establecer criterios generales para mantener la unidad del español, mientras que la norma argentina responde a la necesidad de respetar las particularidades de los hablantes locales. Esta dualidad no debe entenderse como una oposición, sino como un complemento necesario para reflejar la riqueza y diversidad del idioma.

El papel de las mayúsculas y las minúsculas en la escritura

El empleo de las mayúsculas y las minúsculas no siempre es un asunto sencillo. La subjetividad, la premura o incluso el desconocimiento pueden llevar a inconsistencias en los textos. Además, existen casos en los que una misma palabra se escribe con mayúscula o minúscula según su función en el discurso. Estas variaciones no son arbitrarias, sino que responden a convenciones que facilitan la comprensión lectora y evitan ambigüedades. Sin embargo, en Argentina existen usos consolidados que difieren de la norma panhispánica, como la escritura de ciertos topónimos geográficos, en los que el sustantivo común que los define lleva mayúscula (ejemplos: Mar Argentino, Gobierno de la Provincia de Buenos Aires).

La preservación de las diferencias lingüísticas

La diversidad dentro de una lengua no debería ser vista como un obstáculo, sino como una manifestación de su riqueza cultural. En Argentina, el uso diferenciado de las mayúsculas y las minúsculas es solo un ejemplo de cómo el español ha evolucionado de manera particular. Estas diferencias no deben ser interpretadas como errores, sino como expresiones legítimas de la identidad lingüística de un país.

La charla de Liliana Velasco y Elisa Predassi Bianchi no solo expondrá la coexistencia de normas, sino que también permitirá comprender que la norma argentina es válida dentro de su propio contexto. La estandarización del lenguaje no debería significar la eliminación de las variantes locales, sino su integración dentro de un marco de respeto mutuo entre las diversas comunidades hispanohablantes.

Preservar las diferencias lingüísticas es una forma de proteger la identidad cultural de cada país. Como ya fue señalado, la norma lingüística en Argentina no se opone a la norma panhispánica, sino que la complementa al aportar una visión propia del uso del español. Reconocer y valorar estas diferencias nos permite comprender mejor nuestra lengua y enriquecer su desarrollo futuro.

Tareas del corrector de estilo: ¿corrección o edición?

Por Roxana Abanto A. (Ascot Perú) 🇵🇪

En el mundo editorial, el papel del corrector de estilo es fundamental para garantizar la claridad, coherencia y calidad de un texto. Sin embargo, su labor suele confundirse con la de un editor o con la corrección ortotipográfica. Según Martínez de Sousa (1996), en su Diccionario de la lengua española, “la ortotipografía consiste en un conjunto de reglas de estética y grafía tipográfica que se aplican a la presentación de los elementos gráficos bibliográficos. De este modo, la ortotipografía es una palabra formada por ortografía y tipografía; es decir, que su objetivo es pulir el texto en su forma ortográfica y en sus elementos estéticos y gráficos, para que el sentido de lo que se manifiesta pueda llegar de manera más clara”. No obstante, la labor del corrector abarca más tareas de las que, por supuesto, también forma parte la detección de errores ortotipográficos. Gracias a la ortotipografía detectamos y eliminamos los errores ortográficos, en otras palabras, resolvemos fallas en cuanto al empleo de la acentuación o puntuación, esto sumado a los principios básicos de la tipografía, relacionados con el uso pertinente de las negritas, cursivas, mayúsculas, adecuación de los títulos, subtítulos o enunciados, elaboración de referencias bibliográficas, índices, entre otros (Redoli, 2015). En ese sentido, debemos plantearnos una pregunta clave: ¿el corrector de estilo corrige o edita un texto? La respuesta radica en la naturaleza de su trabajo y en los límites que se establecen entre corrección y edición.

La corrección de estilo: más allá de la ortografía

En principio, debemos partir de la concepción sobre corrección. Para Hadaluz Roa (2022), la corrección consiste en un proceso, cuya responsabilidad es asumida por especialistas de diferentes áreas, generalmente, de las ciencias sociales, es decir, un corrector de estilo puede ser un lingüista, un literato, un periodista, entre otros. Luque Campello (2016) sostiene que “por corrección se entiende aquella técnica que consiste en localizar y corregir las erratas que aparecen en el texto”.

El corrector de estilo no se limita a revisar errores ortográficos y gramaticales. Su tarea principal es mejorar la fluidez y comprensión del texto sin alterar la esencia del mensaje original. Para ello, revisa aspectos como la redundancia, la ambigüedad, la precisión en el uso de las palabras y la estructura sintáctica de las oraciones. De manera que el corrector debe preocuparse tanto de la forma (estructura) como del fondo (contenido) de un texto.

Además, debe garantizar la coherencia interna del texto, asegurándose de que no haya contradicciones o cambios bruscos de tono y estilo. Esto implica un conocimiento profundo de la lengua y de las normas editoriales, así como una gran sensibilidad para respetar la voz del autor o estilo, que define la forma particular de escribir de un escritor, su elección personal de recursos lingüísticos y retóricos, según su intención comunicativa, estética y creativa.

¿Corrección o edición?

A pesar de que el corrector de estilo interviene en el contenido de un texto, su función no es la de un editor. La edición de un texto suele implicar cambios más profundos, como la reorganización de párrafos, la eliminación o adición de contenido y, en algunos casos, la reformulación completa de ciertas secciones. En cambio, el corrector de estilo trabaja sobre la base del texto existente, mejorando su legibilidad sin modificar su estructura ni intención.

No obstante, la línea entre corrección y edición no siempre es clara. En ocasiones, un corrector de estilo puede sugerir cambios que rozan la edición, especialmente cuando se encuentra con textos poco estructurados o con problemas significativos de comprensión. En estos casos, la comunicación con el autor es esencial para acordar el nivel de intervención.

En conclusión, el trabajo del corrector de estilo se encuentra en un punto intermedio entre la corrección ortotipográfica y la edición. Si bien su labor principal es pulir el texto sin modificar su estructura ni su intención, en muchas ocasiones debe tomar decisiones que implican una leve edición. La clave está en el equilibrio: mejorar la expresión escrita sin alterar la voz del autor ni el contenido original. En definitiva, el corrector de estilo no solo corrige, sino que también aporta un valor esencial al proceso de publicación.

Corregir con el rigor y la bondad de un santo


Por Ricardo Tavares Lourenço 🇻🇪

En Venezuela estamos de júbilo, pues el papa Francisco aprobó el pasado 25 de febrero la canonización del beato Dr. José Gregorio Hernández, conocido como el “médico de los pobres”. Por primera vez, nuestro país tendrá un santo, pero en este caso con un perfil poco común: fue un laico que supo combinar ciencia con fe en el ejercicio de la medicina, rigor que acompañó con la bondad con la cual trató a sus pacientes. Asimismo, es considerado uno de los padres fundadores de la medicina moderna en Venezuela, pues introdujo en la nación el microscopio y demás equipos y técnicas de avanzada que tuvo posibilidad de adquirir en Europa, cuyos conocimientos transmitió en sus cátedras en la Universidad Central de Venezuela. También su perfil personal lo hace admirable ante los ojos de hoy: era políglota, ayudaba monetariamente a los enfermos que no podían pagarle la consulta, además de demostrar una vida piadosa en la cotidianidad.

Todo esto es magnífico, pero supongo que aquí el lector se preguntará: ¿y qué tiene que ver el Dr. José Gregorio Hernández con la corrección de textos? A primera vista, nada, pues no se dedicó a ello ni fue editor. Pero sí podemos aproximarnos a una experiencia editorial en calidad de autor que puede dejarnos unas cuantas enseñanzas. En 1912 publicó un libro titulado Elementos de filosofía (1912), el cual se agotó rápidamente —tal era su fama entre la élite intelectual caraqueña de entonces—. Esto le dio la oportunidad de hacer ajustes para una segunda edición corregida y aumentada. A este respecto, el padre Pedro Pablo Barnola logró cotejar ambas versiones y esto es lo que encontró:

“Hemos tenido la buena suerte de poseer ejemplares —hoy rarísimos— de una y otra edición. Revisando y cotejando el texto de ambas, pronto se advierte que Hernández ejercía sobre su libro una cuidadosa paternidad. Pues no contento con haberle dado la existencia, siguió sus pasos, observándolo con el más vivo interés de su mayor perfeccionamiento. Releyendo sus propias páginas y advirtiendo, sin duda, el efecto de la lectura por otras personas, fue anotando pasajes que requerían algún retoque para una mayor precisión de tal o cual concepto o alguna amplitud en la exposición, o finalmente la incorporación de algunas divisiones y observaciones que hiciesen más didáctico algún planteamiento […] Otros varios pasajes breves, que sería prolijo citar, nos comprueban, con curiosa evidencia, el fino cuidado con que el autor revisaba cada frase y cada definición, a fin de alcanzar la máxima claridad y justeza, sin salirse del plan eminentemente conciso y didáctico que se impuso como norma en la primera edición” (cita tomada del anteprólogo de la edición moderna que hizo el Centro Nacional del Libro para la Colección Bicentenario de Carabobo, año 2021, p. 15, y que está disponible en la dirección electrónica https://cenal.gob.ve/?p=12536).

Algún lector al leer esto me dirá que eso es lo que cualquier autor serio haría con su libro. Estoy de acuerdo, pero creo que esta anécdota nos sirve de recordatorio del cuidado que un buen libro debe tener. Velar por la claridad del texto sin que ello implique un cambio del mensaje.

Pero más allá de este aspecto, el mismo libro in comento aporta reflexiones interesantes sobre conceptos de lógica que son reveladores para nuestro quehacer editorial. Recomiendo leer los siguientes temas, en especial los conceptos de error, verdad y los criterios de autoridad:

TRATADO SEGUNDO. LÓGICA
• Parte I. Lógica formal
◦ Capítulo primero. Las ideas. La definición. La división
◦ Capítulo II. El juicio y las proposiciones
◦ Capítulo III. El raciocinio y la argumentación
• Parte II. Lógica crítica o criteriología
◦ Capítulo primero. La verdad del error
◦ Capítulo II. El criterio de la verdad
• Parte III. Lógica aplicada o metodología
◦ Capítulo primero. Los cuatro métodos científicos
◦ Capítulo II. Las aplicaciones de los métodos

Al leer estos pasajes y extrapolarlos a nuestro oficio, podemos apreciar cómo funciona nuestro raciocinio a la hora de evaluar los discursos escritos u orales, lo cual nos sirve no solo para identificar fallos lingüísticos, sino además errores conceptuales en el caso de ser expertos del tema e inclusive saber argumentarle a un autor cualquier cambio o sugerencia que amerite su documento.

Con estas breves palabras, espero que la figura del Dr. José Gregorio Hernández nos inspire de alguna forma a asumir nuestra profesión no solo con el rigor esperado, sino con la bondad de querer ayudar a nuestros autores.

La chácara perdida y otras lecciones del español panameño

Por Tania Fernández 🇵🇦

Para nadie es una novedad que en cada país hispano se habla casi que un español exclusivo, tan distinto a veces, que pareciera otro idioma. Y es lo que estamos trabajando ahora en el grupo de lexicografía de RedACTE. Nos divertimos mucho en las reuniones, comparando palabras entre países, que a veces ni siquiera conocemos, lo que me recordó la anécdota de la mamá de mi amiga Mila, quien lamentablemente falleció hace poco tiempo, pero que siempre valoró nuestro idioma respetándolo y enriqueciéndolo, fomentando entre sus hijos la escritura y la lectura.

Ramona Elvira Pérez de Narváez nació y vivió en Perú hasta que se casó con un panameño que conoció estando ambos estudiando en la universidad. Muy joven, la Buri, como le decían de cariño, llegó a Panamá en plena víspera de Navidad de 1959, tras casarse en Trujillo, Perú, con el recién graduado ingeniero agrónomo Luis Lucho Narváez. Él ya tenía todo listo cuando llegaron: un hogar establecido y un trabajo estable, como se dice, con todas las de la ley para empezar su vida juntos. Se radicaron en El Roble de Aguadulce, provincia de Coclé, donde él trabajaba en el ingenio azucarero Santa Rosa de la familia Del Valle, hoy conocido como Azucarera Nacional, S.A.

La empresa les proporcionó una casa con los servicios básicos, en una comunidad donde vivían otros colaboradores del ingenio. Como toda recién casada, la Buri se dedicó a convertir la casa en un verdadero hogar, ocupándose de los quehaceres diarios con el entusiasmo de quien estrena una nueva etapa de su vida. Como parte del paquete de la empresa, se incluía un personal de servicio que ayudaba en diversas tareas, entre ellos un señor campesino, encargado del jardín.

Un buen día, tras concluir su jornada, el señor se acercó a la Buri con cara de preocupación y le preguntó:

—Señora, ¿vio dónde quedó mi chácara?

Ella, por supuesto, lo miró con la misma expresión que pondría un marciano si le preguntaran por su carné de seguro social. No tenía ni la menor idea de qué le estaba hablando, pero trató de disimular su desconcierto.

—Eh… ¿su qué?

—Mi chacarita, señora… es que la tenía por aquí…

Ya para este momento, su mente hacía malabares lingüísticos, tratando de descifrar si se refería a una herramienta, un animal o algún objeto desconocido. En Perú, chácara es una variante de chacra, que significa granja o finca, pero en Panamá, el término hace referencia a una bolsa tejida con fibras vegetales, típica de los campesinos.

Mientras intentaba atar cabos, el jardinero intentó ayudarla, señalando con énfasis:

—Sí, esa bolsa en la que traía mis chécheres.

Aquí fue cuando la confusión escaló a niveles estratosféricos. Chécheres tampoco era una palabra que formara parte de su léxico. En Perú no se usa, pero en algunos países como Panamá, Colombia y Venezuela se refiere a objetos en general, especialmente a cosas de poco valor. La señora, entre intrigada y divertida, aún no lograba entender qué buscaba su ayudante.

—¡Ah! ¿Usted dice su bolsa? —intentó aclarar.

—¡Sí, mi chácara! La había guindado ahí…

Y ahí llegó el golpe final. Guindar en Panamá significa colgar o suspender algo en alto, pero en Perú no se usa en ese contexto. Para ella, la escena ya parecía un enigma lingüístico sin solución.

Luego de varios gestos y señas, lograron entenderse. La chácara había quedado detrás de una maceta, donde el señor la había guindado con una soga. Por fortuna, estaban todos los chécheres y todo volvió a la normalidad. Pero aquella conversación fue solo la primera de muchas que tendría la señora Ramona en Panamá, y que quedó grabada en su memoria como una de las más divertidas lecciones sobre las diferencias del español en cada país. Cada día era una nueva lección sobre cómo el español, a pesar de ser un mismo idioma, se transformaba en cada rincón del continente.

La Buri tuvo que ampliar su ya rico vocabulario porque, aunque en ambos países se habla español, definitivamente las variantes de las palabras son enormes y hasta divertidas. Y aprendió que, aunque compartimos una lengua, las palabras pueden dar más vueltas que un trompo en feria. Y así, con cada diferencia, encontró una razón más para reír y maravillarse del español que nos une… y a la vez nos separa.

Lo que dejó el #7CICTE

Por Valeria Colella (PLECA – RedACTE) 🇦🇷


Durante el #7CICTE, entre numerosas exposiciones y el clima de camaradería, surgieron inquietudes tanto de jóvenes profesionales como de referentes en el ámbito de la corrección de textos. Una de las ideas más resonantes fue la necesidad de reinventar la profesión y, en particular, recuperar el espíritu de unidad que marcó el Acuerdo de Buenos Aires en 2011, antecedente clave para la creación de la RedACTE.

La digitalización ha traído consigo herramientas tecnológicas capaces de incrementar la eficiencia y precisión del trabajo, pero también plantea interrogantes sobre cómo la automatización de tareas nos impactará. Más que un obstáculo, para muchos de nosotros representa una oportunidad para explorar nuevas áreas donde el aporte de la corrección pueda ser clave.

Desde la creación de contenido digital hasta sectores industriales en transformación, las posibilidades son muchas. Fortalecer el intercambio de conocimientos y fomentar el trabajo colaborativo permitirá posicionar a los correctores como actores relevantes en estos espacios.

Pero es importante trabajar unidos para evolucionar y garantizar el futuro de la corrección. La investigación sobre la práctica profesional, la unificación de criterios y la estandarización de procesos son pasos necesarios para aumentar la productividad y la visibilidad del colectivo. Además, estos esfuerzos ayudarán a trazar estrategias claras para afrontar los desafíos del sector.

Con este objetivo, la RedACTE impulsará en los próximos meses una encuesta internacional orientada a analizar el estado actual de la profesión. Participar en iniciativas de este tipo es lo que contribuirá a la sostenibilidad de la corrección, además de reforzar su proyección a futuro.

Definir el rol del corrector y demostrar el impacto de su trabajo en diferentes sectores no solo mejorará el posicionamiento en el mercado, sino que también asegurará la relevancia de la corrección en un mundo donde la palabra escrita sigue siendo esencial para la comunicación.

La colaboración entre asociaciones y entidades formativas se posiciona como un pilar para identificar tendencias, necesidades laborales y métodos innovadores que pueden fortalecer la profesión. Comprender el perfil del corrector actual nos permitirá diagnosticar fortalezas y debilidades, y consolidar un enfoque más sólido hacia la profesionalización.

En este camino hacia el futuro, la unión y la colaboración se convierten en aliados estratégicos. Al enfrentar juntos los desafíos de la era digital, la profesión logrará adaptarse y seguir desempeñando un papel significativo en un entorno globalizado y en constante cambio.

Me volvió a pasar

Por Sofía Rodríguez Barrios (Ascot Perú) 🇵🇪

Llega un correo electrónico. Son las 3.59 p. m. de un martes de diciembre. Me piden una cotización. Analizo. Calculo. Leo el texto recibido. Cuento los caracteres. Preparo el presupuesto. Son las 5.46 p. m. de un largo día. Envío el mensaje con un adjunto. Voy a la cocina por un café. El agua está por hervir. Suena el celular. Entra el mensaje RE: Presupuesto por corrección de texto académico. Me volvió a ocurrir, el cliente no aceptó mi propuesta. 

El año recién comienza; sé que enero es un mes difícil para el trabajo independiente en general y para el editorial en particular, pues las instituciones se están acomodando; además, muchas aún no tienen un presupuesto definido ni plan anual de trabajo. Es lo usual cuando se trabaja de manera autónoma; lo es también que entreguemos proformas que pasarán al olvido. Sin embargo, ese no de diciembre hizo que esta vez fuera diferente.

Se trataba de un Word de 1 435 001 caracteres con espacios. Al calcular —como lo vengo haciendo desde el 2013— resultaron 956,6 páginas. Una sorpresa, ya que en su mensaje el cliente escribió que eran “unas 400 páginas”. Desde ese momento algo me decía que tuviera cuidado.

¿Cómo mido una página?

Realmente hay diversidad de maneras de establecer la medida de una página. A diferencia del servicio de traducción, en corrección no es usual cobrar por palabras; sin embargo, si me lo piden, considero una página de 240-250 palabras. Para mí, una página se compone de 1500 caracteres con espacios. Esta medida la tomé de colegas del mundo que cobran por matrices (o caracteres con espacios); es que me quedó como lección la vez que una colega creyó en su cliente y al final cobró menos de la mitad por su trabajo, porque este le dijo que eran 300 páginas, cuando en realidad eran más de 600 (el texto lo habían dejado en ¡Arial 9!). Lean a Mariana Eguaras, parece que “contar” de esta forma es muy frecuente.

Volviendo a mi experiencia de diciembre. Lo que decía el mensaje de vuelta fue un duro golpe para mí: “Ya lo están revisando por el 20 % de lo que usted cobra” y “en Argentina”. Inmediatamente, obtuve el 20 % de mi total y lo dividí entre las 956,6 páginas, y resultaba poco menos de un dólar cada página (de las mías). ¿Cómo puede haber tanta diferencia entre uno y otro? Entonces, a una querida amiga argentina le pregunté por WhatsApp si podría ser verdad que alguien cobre así en su país. “Mentira”, respondió, y me pasó el enlace del tarifario sugerido de PLECA —el cual yo conocía, pero había olvidado—.

¿Qué pasó?

Esta fue la pregunta que me hice luego de hablar con mi amiga argentina (y con otro amigo-colega peruano). Qué les falta a mis presupuestos si cada vez que envío uno soy cordial. Si además del costo, incluyo la descripción del servicio, las etapas de la corrección, mi sistema de trabajo; en suma, expongo al detalle la labor que realizaré. Entonces, ¿para esta persona (la de diciembre) esto no fue suficiente? ¿Solo se fijó en el costo?  

Si me hubiera dicho que otra persona le ofreció menos tiempo, no me habría afectado, pues estoy acostumbrada a que los plazos sean siempre mínimos. Para esas 956,6 páginas, yo le propuse 70 días calendario (unas 13,5 páginas por día de trabajo), pensando que esta vez sí valía la pena sacrificar mis domingos, pues sabía de antemano que sería agotador, pero el tema era fascinante; así que me esmeré y cobré lo justo “para que me acepte”, pensé.  

En fin, pasado el fin de año, creo que ese día de diciembre me disgusté en vano. Tal vez lo que me envió como respuesta ese no cliente ni siquiera era verdad. Quizá fue una excusa para que yo le hiciera una contraoferta. No sé. Por ahora deseo que esa persona que estimó trabajar ¿70 días? (o menos) por 956 dólares lo haga bien. Tal vez contrató a un colega de su confianza para corregir a cuatro manos. Ojalá, porque un texto académico, fruto de una investigación, exige un servicio de corrección A1.

Desde esta ventana le deseo a esa persona —si existe— que triunfe tras enfrentarse a las más de 30 páginas de referencias en diferentes estilos (se pedía APA 7); que logre cotejar todas las citas en tiempo record; que no se estrese tanto con las amanecidas; que el autor del libro no le envíe mil cambios a su texto ya revisado; y, sobre todo, que le pague a tiempo.  

La corrección de estilo, un instrumento de precisión

Por Ana Lilia Arias 🇲🇽

Para Nathan Heller, reportero del The New Yorker, «La verdadera fuente de la civilización no fue la escritura, sino la corrección de estilo».

Quizá a muchos les resulte excesiva esta afirmación, pese a que se haya externado en los años veinte del siglo XXI; pero quedará más claro si tomamos en cuenta que un siglo antes el editor y corrector del The New York Time, Theodore M. Bernstein, aconsejaba a sus alumnos de periodismo:

«si la escritura debe ser una forma precisa de comunicación, entonces debe tratarse como un instrumento de precisión que la haga precisa, brillante y clara».

Cierto que la prédica se dirigía a los redactores, pero hasta cierto punto también las extendía a los correctores de mesa, responsables de pulir, potenciar y confirmar (de manera silenciosa e invisible) la claridad y precisión de las ideas de sus compañeros, con el fin de hacerlas brillar.

Y es que esta práctica de pulir, potenciar y confirmar la claridad y precisión de las ideas no empieza ahora ni empezó en el siglo pasado; vaya, ni siquiera empezó cuando apareció la imprenta: se trata de una práctica que surgió a la par de la escritura.

Se cuenta que en la antigua Roma el historiador Pomponio Ático tenía tanta pasión por los libros que se dedicó a reproducirlos. Dicen que Cicerón solamente a él le confiaba su obra, ya que estaba seguro de que nadie la cuidaría mejor.

No le llamo editor, como lo caracterizan por todas partes, porque el concepto de editor que tenían los romanos de entonces no es el mismo al que tenemos ahora; es más, ni siquiera es el mismo al que se tenía a finales del siglo pasado.

El caso es que con Ático aparece por primera vez la figura del corrector: los agnostae (lectores que en voz alta animaban a los comensales en las tabernas) a quienes contrataba para que corrigieran las copias que hacían a toda prisa los esclavos griegos ilustrados, conocidos como literati. Ojo aquí: ¿les recuerda algo esta actividad?

Después vinieron los copistas monacales y ahí aparece el corrigere, nada más que a diferencia de su par romano, éste solamente cotejaba letra por letra entre el original y la copia ya que desconocía su significado.

Fueron siglos y siglos en los que los correctores conservaron la actitud monacal revisando los escritos a cambio de habitación y comida.

Actitud que continuaron los eruditos del Renacimiento, debido a que los editores-impresores de entonces buscaban contratar a los más prestigiados profesores universitarios para garantizar la calidad de la obra.

Una vez más, ¿en qué se diferenciaron los copistas monacales con los doctos renacentistas? En que los modernos ya no cambiaron su saber por casa y comida, sino por el privilegio de leer antes que nadie los libros que iban a imprimirse.

Tal fue el caso del humanista neerlandés Erasmo de Róterdam, patrono desde 2006 de las y los correctores de estilo. O Elio Antonio de Nebrija, primer humanista hispano, creador de la Gramática de la lengua castellana en 1492.

Tuvieron que pasar más de 500 años para que el gremio de correctores decidiera levantar la voz y hacerla valer.

Tampoco ha sido fácil ni rápido, pero las y los correctores hispanohablantes destinamos, hoy por hoy, cada 27 de octubre para celebrar nuestra profesión; más allá de la falta de precisión acerca de la fecha exacta del natalicio de Erasmo de Rotérdam.

En México, esta vez cumplimos dieciocho años de celebrarlo ininterrumpidamente. Dedicar un día a la corrección de estilo y hacerlo internacional propició que, hace trece años, nos reuniéramos por primera vez en torno a un congreso internacional; ahora nos volveremos a reunir por séptima ocasión en la ciudad de Quito, en las instalaciones de la Universidad Simón Bolivar, gracias a la anfitronía de la Asociación de Correctores de Textos del Ecuador (Acorte).

Ya somos nueve países de Hispanoamérica que contamos con nuestra asociación de correctores y al menos hay tres en formación. La oferta educativa es amplia en diversas partes para formar correctores profesionales y sigue en ascenso. Hemos salido a la luz y nunca más volveremos a la oscuridad; pero todavía queda mucho por hacer.

* Ana Lilia Arias es presidenta fundadora de la Asociación Mexicana de Profesionales de la Edición.

El apetito correctivo

Por Alberto Schroth Prilika (Ascot Perú) 🇵🇪

Alguna vez intenté decirle «mejor no tantos anglicismos» a quien me había encargado revisar la carta de un restaurante. También quise no ponerle mayúscula a una institución política. Luego de una conciliación guiada por el libro de estilo, de curar mi aversión a las mayúsculas licenciosas, de descubrir que los préstamos lingüísticos van bien; después de dejar de ser un abanderado de la norma y empezar a entrar en el contexto, descubrí que quizá algunos de los momentos más dolorosos, incómodos y frustrantes que he vivido han sido tratando de corregir algo a alguien.

Han pasado años de esas situaciones; las recuerdo como aquellas en las que ese «apetito correctivo» me desbordó por alguna razón. ¿Qué ocurre si saltamos de cuidar la pulcritud y coherencia en las páginas a vigilar las costumbres? Muchos cortocircuitos. El apetito por cuidar las formas, el mejor orden posible, el ser coherente… puede volverse una gran excusa e incluso una sentencia antes que una orientación; genera bandos como los que corrigen y los corregidos, los que pueden escribir bien y los que no… Desde ese lugar podría hacerse más difícil tomar el lado más generoso de la corrección; el trabajo podría percibirse pesado (o insuficiente) y producirnos dolor o enfermedad.

¿Cómo podía salir de ese lugar y entrar en uno más sano? La salida que encontré fue la más esencial: regresar la mirada al contexto. Si mantenía la mirada en el contexto, rescataba el propósito del texto, las virtudes de sus autores, la valía de aquella criatura escrita. Había conseguido un mejor primer plano y lo correctivo ocupaba el segundo lugar, mis anhelos quedaban fuera. El orden podría entrar a la medida y abrirse camino. Recuerdo haber recibido con el mismo entusiasmo como si fuera a conocer a MacGyver en persona, el encargo de revisar una revista de ingeniería. Sentía que estaba hecha por seres muy creativos y había nacido para aportar algo a alguien.

Cuando yo mismo o alguien más me lee y así me ayuda a escucharme, a ordenar y desprenderme de lo que ya no va más en mis textos, lo tomo como si recibiera o me diera un masaje. Cuando hago lo mismo para otros, me agradecen mucho; no hay apetito correctivo. Pero, de regreso a él, ¿cómo puede alguien ser tan especial y tan tremendo? Descubrí que un lado mío apuntaba al orden a toda costa y el otro solo quería —amorosamente, por supuesto— que las cosas funcionaran mejor.

Comprendí que el rol que me tocaba cumplir era una medalla y al mismo tiempo una oportunidad: debía asumirme como un corrector que no corrige con base en sus anhelos (ni un poco); que más bien revisa, encauza o ayuda a ordenar desde la comprensión.

Iba madurando al mismo tiempo que descubría la meditación y el rol de terapeuta. Empezaba a percibir cómo el cambio de enfoque iba haciendo su magia. Me di cuenta de que tenía consultantes humanos y animales que estaban inmersos en su contexto y buscaban su armonía; atendía también a criaturas de texto que llegaban a mí para lo mismo y contaban con un contexto, además de un autor y un propósito. Eran iguales.

Dejar esa tensión fue muy liberador. Y tenía una labor grande con ello, pues, además de corrector, me asumía vegano; es decir, doble apetito correctivo. De repente me descubrí hablando de cómo me alimentaba sin usar la palabra que me separaba, y cocinaba para mis gatos agradeciéndoles a los hermanos pollo y pez. Con la llegada de Paz (hija humana) me saltaron todas las alertas: ella debía recibir a través de su madre «eso que es lo mejor» como alimento. Ella vino a probar el mundo y en nuestro oasis verde ahora hay huevos (y a veces pez), gracias al aporte de Karen.

La clave en todo esto fue comprender y encontrar el intermedio antes que volcar mis formas en las situaciones. Pienso que, cuando encontramos ese apetito resuelto, podemos ser agentes de soluciones y armonía sin tanto esfuerzo. Nuestro oficio demanda un voto sagrado de confianza, respeto y hasta de intimidad con el autor, con su creación.