El corrector como asesor en el Estado uruguayo

Por Ester Pereira (AUCE)

Este año se abrió una nueva posibilidad para los correctores uruguayos: el Parlamento de Uruguay organizó un concurso para asignar dos cargos efectivos de corrector de estilo en la Cámara de Representantes.

El reconocimiento de la tarea del corrector en el ámbito estatal es una noticia que siempre nos llena de entusiasmo, ya que es uno de los objetivos de nuestra asociación. Pero este movimiento tiene características especiales.

Si bien la función de corrector ya se viene cumpliendo en diferentes organismos estatales, hasta ahora ha sido una tarea de cargos administrativos. La importancia que tiene esta convocatoria a la función específica de corrector de estilo es que nuestros colegas se han incorporado a sus funciones en calidad de asesores. De hecho, han sido integrados a la División Asistencia Técnica, lugar que comparten con abogados y escribanos que trabajan coordinando, revisando y asesorando en cuestiones tales como llamados a licitaciones, pedidos de informes y proyectos legislativos.

A esta instancia se suma la noticia de que la Administración Nacional de Educación Pública concretó este mes la contratación de un corrector de estilo para el Programa de Apoyo a la Educación Media y Técnica y a la Formación en Educación (PAEMFE) en calidad de consultor, en el contexto de la reforma educativa que se está implementando en el país.

Es notorio que la figura del corrector de estilo en el ámbito institucional está teniendo un espacio de reconocimiento. Ahora bien, son varios y diversos los desafíos que se presentan en estos nuevos roles del corrector de estilo.

Uno de los fundamentales es iniciar una nueva metodología de trabajo en un ambiente institucional de enormes dimensiones y con una idiosincrasia bien marcada, donde se debe transitar el inevitable período de adaptación, la propia y la de la institución. No cabe duda de que estas experiencias modificarán la perspectiva de los correctores y la de las autoridades institucionales.

A su vez, cabe señalar que en nuestra formación universitaria no está contemplada una manera de trabajo para este ámbito. El sistema ideal de etapas cronológicas planificadas, de tiempos óptimos para el trabajo o de la relación del corrector con un solo interlocutor es una utopía. Las preferencias del soporte que se ha de utilizar para realizar la corrección, también.

El caudal de contenido que se genera es incierto: hay días de trabajo manejable y días en los que viene una avalancha… Hay veces que se corrige; otras en las que apenas se ojea; hay veces que se enseña, otras que se estudia, otras que se escribe. Hay veces que nuestras sugerencias son agradecidas, otras veces son confrontadas o rechazadas.

Por otro lado, también es importante planificar una estrategia de cómo llegar a los diferentes usuarios, ya sea confeccionando pequeñas guías de buenas prácticas de escritura, avanzando en la hoja de estilo o conversando con nuestra variadísima gama de «clientes» durante el descanso con un café… Sin lugar a dudas, todas situaciones en las que hay que desechar totalmente la tendencia a la frustración y a la ansiedad.

Para finalizar, y por si fuera poco todo lo anterior, no se debe descuidar el objetivo de dejar la impronta de nuestra profesión, con el gran reto de demostrar lo necesario que es nuestro trabajo. Este aspecto resulta medular si queremos lograr que estas experiencias se repliquen rápidamente en otras instituciones estatales. Y por ese camino seguiremos transitando…

Libros escolares, pulcritud descuidada

Por Coral Mattos (Bolivia)

Se dice que la educación es la base para el progreso de una sociedad, y también se asegura que algo que se aprende de niño no se olvida jamás, ya que en esa etapa nuestra mente actúa como una “esponja” que absorbe todo de su entorno. Bajo esa lógica, es importante que los niños reciban una educación de calidad, acorde con su edad y sin información errónea. Aquí hace su aparición el libro escolar, esa obra didáctica que —en palabras de la filóloga y editora Jacqueline Murillo— “se escribe para ser utilizada, exprimida, aprovechada hasta su último párrafo, con el menor esfuerzo posible por parte del lector en cuanto a decodificación y usabilidad”. Pero no siempre es así, pues independientemente de los errores de tipeo que cualquiera puede cometer, los textos escolares suelen contener faltas ortográficas, e información inexacta o desactualizada que obliga a los niños a recibir conceptos falsos, entre otros problemas.

Escribo este artículo motivada por una experiencia personal, pues, debido a mi ocupación de correctora de textos, me horrorizan más los yerros ortográficos, de puntuación y/o de sintaxis que encuentro en los libros del colegio de mi hija, que actualmente cursa el cuarto de primaria. Lo más lamentable es que no se salva ni el texto de lenguaje con el que dicen que le están enseñando ortografía, en el que están tildados todos los demostrativos y en el que separan el sujeto del verbo con una coma.

En mi caso, puedo explicarle a mi hija que el pronombre relativo “quien”, por ser palabra átona, debe escribirse sin tilde, a diferencia del pronombre interrogativo o exclamativo “quién”, error bastante frecuente en el mencionado libro de lenguaje. Pero ¿qué hay con los cientos de niños a los que no se les alertará sobre esos descuidos que, lamentablemente, se quedarán enraizados?

En esa línea, destaco dos aspectos que podrían ayudar a subsanar estas observaciones:

– Tomar conciencia del gran aporte que significa incorporar un corrector de textos en las editoriales que publican libros escolares.

– Fomentar la formación de los maestros que se convierten en autores para que adquieran las herramientas necesarias que les ayuden a transmitir y plasmar sus saberes en obras comprensibles, didácticas y precisas.

Revisar los textos que los niños emplean día a día en su aprendizaje no solo ayudará a reducir el número de faltas ortográficas o sintácticas, sino que también permitirá eliminar información inexacta o falsa, como aquel dato que asegura que “el 70 % de la litosfera es agua” o que “los dientes están hechos de queratina”.

Por todo lo anterior, resulta imperioso que las editoriales cuenten con la participación de especialistas en contenido para revisar la exactitud de la información y de profesionales que efectúen una corrección lingüística que subsane errores ortográficos, sintácticos, tipográficos, entre otros. Quizá lo primero sea muy utópico, pero lo segundo debería ser aplicado de forma obligatoria en todo libro que se pretenda publicar.

Debo admitir que no soy muy optimista en este sentido, porque son pocos los que usan los servicios de correctores o editores de textos, son pocos los que extreman esfuerzos para hacer que su obra llegue a su público lo más limpia posible, son pocos los que saben que la corrección de estilo es un paso imprescindible para ofrecer un material de calidad a los lectores.

5 consejos para empezar a corregir poesía de manera profesional

Por Míriam Villares Jiménez (UniCo)*

Escribo este artículo pensando en las personas que se adentran profesionalmente en la corrección y que quieren especializarse en corregir poemas y poemarios. Compañeros que, como yo hace cinco años, se encuentran perdidos y que en las formaciones no hallaron respuestas.

La primera barrera que tuve que superar y derribar fue el mito de que la poesía no se corrige porque es subjetiva; en este punto, siempre me gusta traer a René Wellek: «Hasta en la lírica subjetiva, el «yo» del poeta es un «yo» ficticio, dramático». Un mito que aún tendrás que trabajar para derribarlo y que se relaciona con este otro mito: que en poesía está permitido todo. Afirmación que niego en rotundo porque, sí, está permitido casi todo, pero siempre que el poema se entienda y que esas incorrecciones tengan sentido y un porqué dentro del poema.

Esto me lleva a que al principio se tiene mucho miedo de tocar nada y no sabes qué corregir. Algo que debe quedar muy claro es que en poesía todo es signo, incluidos los espacios en blanco y la tipografía, todo nos habla, por lo que es susceptible de ser corregido. Así que no temas y corrige el ritmo, la métrica, la rima, las estructuras estróficas, las metáforas, los espacios, las mayúsculas, los lugares comunes, las ambigüedades, las asonancias, las cacofonías, las comas, las aliteraciones, la construcción de imágenes… En conclusión, se puede corregir todo lo que se ve en el poema, pero hay que pactarlo con el poeta, claro.

Lo que tengo comprobado es que a un poeta el cambio de una coma, por ejemplo, le importa mucho más que al narrador; por lo que, si en narrativa es importante justificar por qué realizas un cambio u otro, en poesía lo es aún más. Una característica de la corrección de poesía es que tiene muchos comentarios al margen con dudas y sugerencias y que el proceso tras la corrección inicial, en el que el autor te acepta o no las sugerencias, es más lento y minucioso.

Teniendo en cuenta todas estas cuestiones, llega el tema más peliagudo, el de presupuestar. Tardé bastante tiempo en darme cuenta de que la tarifa de corrección de estilo no puede ser la misma para narrativa que para poesía, ya que el ritmo de corrección es mucho más lento en poesía (2000-6000 matrices por hora). En narrativa puede que te cueste arrancar, pero, una vez que te has adaptado al estilo, puedes correr. En cambio, en poesía esto no sucede tanto, porque con cada poema es casi como si empezaras de nuevo, ya que los poemas de un poemario suelen ser piezas independientes que deben funcionar solas, pero no nos podemos olvidar de que forman parte de un conjunto; así, un cambio en un poema puede afectar a todo el poemario.

Para ir finalizando, quiero hablar de algunos libros a los que acudir. Los que sí o sí me leería al empezar son Escribir un poema, de Eduardo García, y Las figuras retóricas, de José Luis García Barrientos. Luego, para profundizar en las correcciones, leería Métrica española, de Antonio Quilis. Para un nivel más avanzado, recomiendo Métrica española, de Pablo Jauralde Pou; Estructura y teoría del verso libre, de Victoria Utrera Torremocha, y Diccionario de iconografía y simbología, de Federico Revilla.

La poeta Wislawa Szymborska dijo: «En un poema se trata siempre de que se tenga la impresión de que esas palabras y no otras llevan siglos esperando a encontrarse para construir un único todo indisoluble a partir de ese momento». Espero haberte ayudado a que contribuyas a ello.

* Míriam Villares Jiménez (1984, Madrid, España) es licenciada en Historia y máster en Museología y Museos. Trabaja como correctora profesional desde 2017 con la especialidad en poesía y en historia. Ha publicado el poemario De lavanda y hueso (2018). Desde 2018 es miembro de UniCo (Unión de Correctores, España).

El corrector: entre la norma lingüística y la creación literaria

Por Ricardo Tavares Lourenço (Venezuela)

A principios de marzo de 2023 se reavivó el debate en la prensa y en las redes sociales sobre la obligatoriedad o no de usar la tilde diacrítica en el adverbio solo. Si bien parecía un tema zanjado por la Real Academia Española desde hacía trece años, todavía hoy hay muchas voces que reivindican su uso, entre ellas escritores reconocidos. Este acontecimiento nos parece propicio para debatir sobre el rol que juega el corrector en la conciliación entre la norma lingüística y el estilo o preferencia del escritor.

Como es bien sabido, el sistema ortográfico del español moderno es el resultado de una tradición secular en la que confluyen en esencia tres criterios: 1) el etimológico, es decir, la conservación de la grafía de una palabra según las convenciones del idioma de origen, sobre todo del latín; 2) el fonético, o el principio de Quintiliano, que consiste en la correspondencia entre la grafía y la pronunciación de la palabra en español; y 3) el uso culto, que viene a ser las preferencias consagradas sobre todo por impresores, publicaciones periódicas y escritores de prestigio, y fijadas luego por la Real Academia Española. Si bien la correspondencia letra-sonido en español es mucho más estrecha que en inglés o francés, lo cierto es que el sistema ortográfico no está exento de numerosas particularidades. Todavía hoy no se resuelve de manera satisfactoria la escritura de salir en imperativo más el enclítico le: “salle al paso”, “sal-le al paso” o “sal.le al paso”, un caso curioso advertido en la Ortografía de la lengua española de 2010.

Los escritores, como ya hemos mencionado, han dado la pauta para fijar la grafía, acentuación y puntuación. Sus criterios suelen basarse o bien en perseguir un efecto estético en los textos, o bien en influencias de otras lenguas, o bien en seleccionar o suprimir aquellas letras que, según su leal y saber entender, se adecúan mejor a la pronunciación de su entorno, o incluso en su apego por una norma lingüística que aprendió y que cayó en desuso. Es bien conocida la preferencia de Miguel de Unamuno en suprimir la letra pe en septiembre, pues a su juicio no se pronunciaba y, por lo tanto, no tenía sentido escribir la palabra con esta letra. Andrés Bello escribía marabilla y vulto —en vez de maravilla y bulto— porque se regía por las normas ortográficas del latín. José Saramago en sus novelas emplea un sistema de puntuación que, si bien es poco convencional, es bastante uniforme, sobre todo cuando introduce la voz del personaje con una coma y, de inmediato, mayúscula inicial. 

Por supuesto, es innegable que existen usos locales o regionales en la fijación ortográfica, gramatical y lexicográfica de algunas palabras que no se equiparan con el resto del orbe hispano. He aquí algunos ejemplos: en Venezuela empleamos interrogante en género femenino, video como palabra grave, beisbol como palabra aguda —aunque la prensa prefiera escribirla béisbol— o élite como palabra esdrújula y rechazamos la castellanización güisqui. En Argentina y Uruguay se escribe inscripto o transcripto con pe y los peruanos escriben Cusco en lugar de Cuzco. Asimismo, los colombianos usan tiquete y el hermano país caribeño, ticket. Los españoles acuñaron el término okupas a los invasores de viviendas desocupadas, y precisamente el Diccionario de la lengua española puntualiza que el uso de la letra ka es el reflejo de la transgresión que tal conducta sugiere.

¿Qué rol debe jugar el corrector? Le tocará navegar entre dos aguas: la norma lingüística y las preferencias del escritor ya descritas. En líneas generales, las reglas fijadas por la Real Academia Española, en tanto supernorma, suelen ser aceptadas por la mayoría de los escritores contemporáneos, y su ventaja estriba en que se puede saber hasta dónde intervenir y determinar qué elementos deben ser efectivamente corregidos. Ahora bien, si durante su trabajo el corrector encuentra usos no convencionales, es menester consultar al autor en caso de duda. 

Un escritor venezolano, Eduardo Liendo, siempre ha defendido que uno de los deberes de un escritor es renovar el idioma. Así pues, hay que tener presente que el escritor es libre de proponer nuevas voces o grafías a neologismos, lo que obligará al corrector a tener el entrenamiento necesario para saber dónde hay error y dónde hay innovación.

Esta destreza debe acentuarse más en nuestra época actual, puesto que los correctores tienen la posibilidad de brindar sus servicios a otros países y ello los obliga a empaparse de la vasta diversidad lingüística que caracteriza a una lengua pluricéntrica como la española. Asimismo, la audiencia a la que se dirige el texto también es un factor a considerar, pues no es lo mismo escribir para los connacionales que para el resto del continente.

En tal sentido, corrector y autor deben remar en la misma dirección para llevar la barca a puerto seguro. Ni el corrector puede imponer cambios unilateralmente en aspectos válidos, ni el autor puede ser receloso de la ayuda que le puede proporcionar este profesional de las letras porque le “van a cambiar su texto”. El consenso es clave para alcanzar la armonía en la edición y brindar un texto de calidad a los lectores que sea, incluso, un aporte al idioma.

¿El Chat GPT dejará a los correctores sin trabajo?

Tania Fernández, Panamá

Un día del año 1997, en plena sala de redacción del periódico donde trabajaba, un periodista me dijo en voz alta, casi con alegría: «Los correctores van a desaparecer con esto. Ve buscando qué vas a hacer para vivir». El compañero se refería a la nueva función que estaba estrenando el procesador de palabras de ese momento (no recuerdo si era Word o Quark), que subrayaba las palabras “mal escritas” y que, por lo tanto, ya no se necesitaría más el trabajo de un corrector en el periódico…

Lo cierto es que más de 25 años después ese periódico (como muchos otros en el mundo) ya no tiene correctores –¡y cuánto se nota!–, pero no precisamente porque fuimos reemplazados por un programa que hace nuestro trabajo, sino porque ya no nos pueden pagar, porque el negocio se puso malo… Pero ese es otro tema. El programa o herramienta que subrayaba los errores sí ayudaba –y ayuda– mucho a mejorar los textos, pero no reemplazó a los correctores. Tampoco lo harán el Chat GPT y sus derivados. 

La inteligencia artificial no ha llegado para reemplazarnos. Está aquí desde hace años, en nuestra cotidianidad, y la usamos para mejorar –aunque a veces la empeora– nuestra calidad de vida, el trabajo, los estudios, la salud. Por eso, no hay que tenerle miedo, sino aprender a usarla, implicarla en lo que hacemos. Solo de esa forma nunca nos reemplazará.

Cuando llamamos, por ejemplo, a un banco o le escribimos un chat a atención al cliente de una tienda y nos responde un robot, estamos usando la inteligencia artificial. Cuando ponemos música y el programa “nos sugiere” canciones según nuestros gustos, estamos usando la inteligencia artificial. Cuando Netflix nos pregunta después de horas de maratones, pegados a las series, “¿Sigues ahí?”, también estamos usando inteligencia artificial.

Mientras escribo estas líneas, le he preguntado a OpenAI en el Chat GPT si la inteligencia artificial puede reemplazar el trabajo de los correctores, y, palabras más palabras menos, ha dicho que no, principalmente porque el contexto, la intención y el estilo de un texto solo pueden ser percibidos por un ser humano que sea corrector. 

Por cierto: todavía, 26 años después, no son pocas las consultas sobre por qué el corrector le ha subrayado tal palabra, si la buscó en el diccionario y no está mal escrita…

Como dijo Saramago, el gran genio y visionario: «Solo el corrector aprendió que su trabajo de corregir es el único que nunca se acabará en el mundo».

La corrección especializada y la ilegibilidad de los textos jurídicos

Valeria Colella (PLECA, Argentina)

Formo parte de un equipo de correctores de textos jurídicos de distintos países. Un colaborador reciente me regresó un texto que le había asignado porque “no lo podía corregir”, porque era “ilegible”. El texto tenía los clásicos problemas del lenguaje jurídico: era meramente técnico, oscuro y críptico, lo normal para un texto dedicado a profesionales del derecho, y no al público en general.

Esa calificación de ilegible me llevó a reflexionar sobre la importancia de la especialización en nuestra profesión. 

Ilegible simplemente significa “incapaz de ser leído”, ya sea porque tiene caracteres mal formados o confusos, está en otro idioma o es físicamente inaccesible para un lector. 

La ilegibilidad depende tanto del lector como del texto: el objetivo de la lectura, la situación de la lectura, la educación del lector o la familiaridad con el género dado y su contexto, las habilidades lingüísticas, la concentración, etcétera. 

El lector está ante un texto legible cuando es familiar en su forma y convenciones, su narración es constructible, y su lectura se construye fácilmente y es comprensible. 

Sin embargo, la ilegibilidad plantea preguntas acerca de por qué ciertos textos son más difíciles de entender que otros y si estas dificultades de lectura pueden superarse. 

Cuando nos enfrentamos a textos confusos, buscamos formas de recuperarlos como narraciones. Sin embargo, los textos jurídicos no siempre permiten la reconstrucción de una historia o resisten por completo una lógica narrativa, lo que nos obliga a buscar nuevas estrategias.

La corrección de textos jurídicos es un campo especializado, y como en todos los campos especializados, el corrector debe conocer no solo las reglas sintácticas y ortográficas, sino también el significado de los tecnicismos y las características propias de este tipo de lenguaje. Los errores de ortografía, gramática y puntuación (que suelen ser muchos) pueden desviar la atención del contenido, dificultar la comprensión del texto y generar consecuencias legales graves.

Una corrección especializada puede detectar y corregir errores e imprecisiones que probablemente pasarán inadvertidos para un corrector no especializado, no familiarizado con las normas procesales y probatorias, y con el sistema jurídico. 

Los textos jurídicos pueden parecer ilegibles en términos de ciertas estrategias de naturalización, ya que los problemas en su discursividad se plantean por sus propias características: 

– su intertextualidad, ya que continuamente se citan otros textos (jurisprudencias, doctrinas y normativas), lo que presupone la convivencia de discursos diferentes;

– la compleja narrativa de las distintas etapas de los procedimientos judiciales;

– el intento forzado de eliminar las marcas de subjetividad en pos de un texto impersonal e institucional;

– el rol de la oralidad y las inconsistencias que produce en el lenguaje escrito;

– la utilización de un vocabulario técnico, con latinismos, arcaísmos y fórmulas estereotipadas;

– el empleo excesivo de verbos no conjugados;

– la sustantivación de estructuras verbales;

– el uso de estructuras impersonales y pasivas, y

– el abuso de estructuras subordinadas o coordinadas con períodos oracionales extensos y conceptualmente densos.

Las incorrecciones gramaticales se interponen en la comprensión, pero apenas constituyen la parte más superficial del problema, puesto que los factores que afectan en mayor medida a la ilegibilidad del texto jurídico son los relacionados con su propia construcción. 

Ubicada en el texto y en el lector, la ilegibilidad es tanto una dificultad de la lectura como su efecto: el lector no alcanza a comprender el sentido o el significado del texto y debe encontrar estrategias de lectura que “encajen” en el texto dado y lo ayuden a descubrir su significado.

El corrector especializado tiene un amplio conocimiento sobre el mundo jurídico y la capacidad de documentarse y formarse en ese ámbito para salir airoso del encargo. Lo principal a la hora de enfrentarse a la corrección de textos jurídicos es saber qué se dice en ellos y hasta qué punto esa información está exenta de cualquier tipo de malinterpretación. Además, está mejor preparado para atender las actuales demandas sobre lenguaje claro en el ámbito de la justicia y la administración pública, y mejorar la accesibilidad y la comprensión de los textos legales para un público no especializado.  

Como profesionales de la corrección, es nuestra responsabilidad conocer qué podemos ofrecer y qué no, así como abordar los trabajos desde el pleno conocimiento y la preparación laboral.

PLECA y un año con nuevas actividades y proyectos

En 2022, PLECA emprendió nuevos proyectos de actividades que se suman a los clásicos Encuentros PLECA.

Iniciamos nuestro ciclo “Charlas con autores”, para que los profesionales de la corrección pudieran consultar a los autores y poner en común aquellos aspectos de nuestro trabajo que más valoran, conocer más sobre las experiencias de esta interacción y llevarnos algunos consejos a la hora de abordar un texto literario y sugerir las correcciones a los autores. Así, en abril, nuestra comunidad tuvo la oportunidad de charlar con Gabriela Saidón, escritora y periodista, autora de libros de ficción y no ficción (como La montonera. Biografía de Norma Arrostito; Cautivas; Santos ruteros. De la Difunta Correa al Gauchito Gil), y en mayo con Victoria Bayona, escritora y dramaturga reconocida por su trilogía de aventuras fantásticas Los viajes de Marion.

En el primero de los trayectos formativos, instancias de talleres de capacitación intensiva y en grupos reducidos, la Trad. y Corr. María José Rodríguez Murguiondo nos enseñó cómo es adaptar un clásico de éxito mundial. Las cuatro clases de “Harry Potter y la adaptación de un clásico. Del español peninsular al español del Cono Sur” se desarrollaron durante junio y julio, y consistieron en analizar los aspectos centrales a la hora de revisar una traducción de una saga de ficción, con énfasis en la toma de decisiones por parte de quien corrige y la adopción de los criterios que guiarán el proceso, que deberán quedar establecidos desde la definición del título de la obra.

Durante septiembre, tuvimos un segundo taller, esta vez de la mano de la Lic. Ivana Basset, sobre “Lenguaje claro y lenguaje inclusivo: nuevas exigencias para la comunicación escrita”. El curso analizó distintas alternativas textuales y paratextuales de inclusión de género, con el foco puesto en aquellas que resguardan la claridad de la comunicación.

Actualmente, se encuentra abierta la inscripción para un tercer taller, “El rol de la corrección en la traducción audiovisual”, que brindará la Dra. Gabriela Scandura. En esta capacitación, se analizarán las diferencias entre corregir literatura y corregir traducciones audiovisuales, así como las características especiales de la TAV (subtitulado y doblaje), y la corrección para distintos tipos de subtitulado y doblaje. Se presentarán ejemplos de guías de estilo del cliente, errores más comunes, uso del lenguaje inclusivo en audiovisual y uso de español neutro y rioplatense.

Tenemos más proyectos para lo que queda del año, y preparen la agenda para un 2023 igual o más recargado.

¿Es absurdo un manual por cinco días?

Tania Fernández, Panamá

Hace algunos días se conformó un equipo de periodistas, editores y correctores de distintos países que gracias a la tecnología –y a la pandemia– nos organizamos para un trabajo eventual.
La misión del grupo era escribir una serie de textos para una publicación de cinco días solamente. Después de una reunión, se estableció el manual de estilo que usaríamos para llevar a cabo el trabajo. Alguien dijo que era absurdo tener que apegarse a un manual de estilo para una publicación que solo tendría cinco días.
Y aquí aprovechamos este espacio para explicar rapidito un poco sobre las ventajas que se obtienen de los manuales de estilo y sus usos.
Un manual de estilo es una guía fundamental para establecer normas, reglas, parámetros, guías, para que quienes escriben, editan y corrigen el material mantengan el mismo estilo, la misma forma. Los estilos de los libros o los textos son como los estilos de las personas: le dan un toque que los hace distintos, especiales; le ponen un sello, una marca, una forma que los identifica. Por eso, cuando uno conoce el estilo de un autor, identifica su texto, aunque no haya leído su firma.
Por lo tanto, incluso si una publicación es solamente para un día, hay que saber cuál es el estilo que vamos a usar. ¿Y qué es eso? Bueno, el estilo es la forma en que se va a ver el texto y su diseño, pero también su modo en la redacción, las normas ortográficas e incluso sus principios éticos; cómo se van a escribir los números, los decimales, las fechas, las horas, las negritas, las cursivas, las comillas, las siglas. Por más que un texto esté correctamente escrito, respetando las normas de redacción y sintaxis, la ortografía y la gramática, si en el mismo párrafo está escrito de cuatro formas distintas el mismo número o la hora o una obra en cursiva y luego otra en negrita, ahí falta un manual de estilo.
Por ejemplo: es correcto escribir Cicte (Congreso Internacional de Correctores de Textos en Español), pero también vale poner CICTE, así en mayúsculas cerradas. Y también estaría bien poner 6.º Cicte y también 6.º CICTE (para decir que es el Sexto Congreso Internacional de Correctores de Textos en Español).
Igual pasa con las comillas, que pueden ser las comillas inglesas o dobles (“ ”), o las francesas o angulares (« »), y que estaría correcto su uso en ambos casos (aunque en español se recomiendan las angulares), pero quedaría muy mal si en el mismo párrafo se usaran los dos tipos de comillas.
Por eso, entre otras muchísimas razones, siempre que usted vaya a corregir cualquier texto, corto o largo, una nota de prensa o un libro, coordine con su cliente, el escritor, autor o editor cuál será el manual de estilo que usarán. Hay muchos medios de comunicación que ofrecen al público sus manuales de estilo o redacción; como ejemplos están el Manual de redacción de El Tiempo (de Bogotá), El País: Libro de estilo (de Madrid), Manual de Estilo: Guía para escribir en La Prensa (de Panamá). También los hay disponibles en línea y la Real Academia de la Lengua también tiene el suyo: El libro de estilo de la lengua española. Otra alternativa sería establecer –previa coordinación con el autor– en un listado cuáles serán las normas de uso para el estilo del material que va a trabajar. Y no olvide explicarle al cliente –o al autor– de qué se trata y para qué sirve respetar el manual de estilo.

A propósito del Cicte… En la clausura de este excepcional congreso, ya hace unas semanas, los colegas colombianos presentaron una joya que todos debemos tener para consultar: La corrección de estilo en Colombia: Reflexiones y relatos de correctores de oficio. Está en Amazon.

Relevancia de Dante Alighieri a 700 años de su fallecimiento

Carmen Collazo (Auce, Uruguay)

Este mes de septiembre se conmemoran los 700 años del fallecimiento de Dante Alighieri y nos pareció oportuno contribuir en este blog al reconocimiento de los aportes, tal vez menos conocidos, que este ilustre autor hizo a la divulgación de la lengua «vulgar» toscana en su variedad florentina.

Su obra máxima, La Divina Comedia, la escribió en dialecto toscano, base del italiano actual, y no en latín, que era la lengua escrita culta. Dante defendió el uso de la lengua vulgar, la que hablaba el común de la gente en sus relaciones domésticas y, también, en la literatura, de la que ya había justificado su empleo en dos obras anteriores, el Convivio y De vulgari eloquentia, la primera en toscano y la segunda en latín.

Con estos ensayos buscaba darle una mayor relevancia a la lengua vernácula toscana justificando su uso en que las lenguas evolucionan y confiriéndole una superioridad al toscano sobre las restantes lenguas de la península.

Es de hacer notar el paralelismo que se dio en la «España cristiana» (Lapesa, R, 1981) durante los siglos XII y XIII en que el romance era considerado un habla rústica o vulgar. Fue Alfonso X «El sabio» quien con su enorme trabajo configuró la modalidad estándar del español imponiendo el modelo que se utilizó en documentos oficiales y en la literatura del Reino de Castilla con la generalización de una lengua que unificó las diferencias regionales (Penny, R, 1993).

Es importante reflexionar sobre la importancia del conocimiento de la evolución histórica de las lenguas romances, pues nos permite comprender en la actualidad cómo se van modificando cada día más aceleradamente, sobre todo en el léxico y, fundamentalmente, de utilidad para quienes abordamos los textos que debemos adecuarlos con la inteligibilidad necesaria para el lector.

Para una mayor información y si se desea profundizar en estos apasionantes temas, dejo los enlaces que me sirvieron como fuentes:

Sepulcro de Dante Alighieri en Ravena, Italia
Foto: Carmen Collazo, 2013

6.°CICTE: un sueño hecho realidad

Myriam Zawoznik (PLECA, Argentina)

Agosto. Verano en el hemisferio norte, invierno en el hemisferio sur, y atravesando el Atlántico, tres continentes se abrazan a lo largo de tres días inolvidables para homenajear a un idioma y a la noble labor de quienes cuidan de él: los correctores de textos en español.

Todavía seguimos saboreando esos deliciosos bocadillos que nuestros colegas de Colombia prepararon con gran esmero durante varios meses para que la sexta edición del Congreso Internacional de Correctores de Textos en Español fuera un verdadero banquete, aun a la distancia. Al igual que las mejores comidas, el 6.° CICTE –cuyo lema fue “El corrector en tiempos de la autoedición”– tuvo un perfecto balance de ingredientes, sabores y colores.

Como aperitivo, el día anterior a su inicio formal, el congreso nos ofreció una chispeante tertulia entre los periodistas colombianos Juan Gossain y Fernando Ávila. El jueves 14 de agosto, tras la apertura formal del evento a cargo del presidente de Correcta, Jaime David Pinilla Gutiérrez, la consultora editorial Mariana Eguaras fue la encargada de la conferencia inaugural, en la que detalló, desde su experimentada óptica, las claves de un trabajo exitoso y un cliente satisfecho y fiel, y destacó la diferencia entre autoedición y autopublicación. Y a partir de allí se sucedieron tres días a puro vértigo, con conferencias plenarias de excelente nivel por la mañana y ponencias distribuidas en tres salas simultáneas por la tarde, que abarcaron un sinnúmero de interesantes temas para los profesionales de la corrección y demás actores del mundo editorial. Dignos de mención son el homenaje al español de África, materializado en las destacadas conferencias de Alberto Gómez Font y Hossain Bouzineb, y la imperdible mesa redonda “El corrector en la ficción”, el viernes 15 y el sábado 16 de agosto, respectivamente. Y hasta funcionaron, en las fugaces pausas que tan intensa agenda permitió, dos salas de café, Gabo y Mutis, para conversar “a agenda libre”.

Creatividad y excelencia fueron los condimentos centrales de este banquete virtual, que mantendremos fresco en el recuerdo por mucho tiempo. Sin duda, extrañaremos el ritual de esperar cada mañana el periódico Cicte y Punto para ver “qué habrá de nuevo hoy y qué pasó ayer”, leer las entrevistas a los protagonistas y buscarnos en las fotos publicadas. Gracias, Correcta, por este esfuerzo enorme. Gracias a todos los que hicieron posible que el sueño del 6.°CICTE se haya hecho realidad.